Rock en Resistencia: Pioneros del Rock Progresivo Mexicano

Rock en Resistencia: Pioneros del Rock Progresivo Mexicano

Con gran gusto es que te presento esta serie documental sobre los pioneros del rock progresivo en México, un género que ha sido ignorado por la mayoría de los profesionales que escriben sobre el rock mexicano. Sólo unos pocos, como David Cortés, se han dedicado al estudio serio de esta corriente musical en nuestro país (aquí puedes revisar la reseña que hice de su libro El otro rock mexicano) y por eso es que pensé en hacer este pequeño aporte al conocimiento de esta música.

En esta serie de cinco capítulos que conforman la primera temporada podrás escuchar la opinión y las ideas de músicos mexicanos de rock progresivo que desarrollaron principalmente su trabajo en las décadas de los setenta y ochenta –aunque todos ellos continúan activos dentro de la música. No será la visión de los críticos o teóricos del rock, sino de las personas que realmente vivieron el proceso de creación y difusión de esta música. Tampoco se pretende dar una historia detallada de las agrupaciones en las que tocaron estos músicos sino un recuento de las experiencias vividas y de las dificultades encontradas en el ambiente rockero y musical de México.

Se discutirán, entre otros temas:

Características musicales del rock progresivo.
Grabación y distribución de los discos.
Compañías discográficas o independencia.
Difusión del rock progresivo en los medios de comunicación.
La crítica del Rock Progresivo.
Valoración internacional de las bandas mexicanas de progresivo.

Y los músicos entrevistados en esta serie son:

Armando Suárez, bajista y compositor en Nuevo México, Al Universo y Chac Mool.
Víctor Baldovinos, baterista en Iconoclasta, Govea, La Piel, El Templo del Dinero.
Juan Carlos Ruiz, fagot y composición en Nazca, Culto sin Nombre, Arteria.
Miguel Caldera, baterista en Un Siglo Después y Nobilis Factum.
Walter Schmidt, bajista y compositor en Decibel, Size y Casino Shangai.

Te dejo aquí el primer capítulo de la serie, dedicado a Armando Suárez,  y te invito a dejar tus comentarios y compartirlo con quien creas que pueda interesarle.

¡Gracias por tu visita!

Salvador Govea
Producción y Dirección

Julio Salinas
Fotografía y Cámaras

Andrei Castro
Edición y Posproducción

Ciudad de México, México
MMXVIII

Malos pensamientos: un relato sobre mi ansiedad escénica

Malos pensamientos: un relato sobre mi ansiedad escénica

Debería de estar contento. Bueno… sí lo estoy, ¡de verdad! Recién me confirman el concierto de octubre: será en un buen recinto y tendremos buena paga. No hay nada que más me agrade que poder ofrecerles una buena remuneración a los músicos que tocan conmigo, muy diferente a las ocasiones en que tengo que decirles “¿Qué creen? Nos invitan a tocar en el Festival del No Sé Qué pero no tienen presupuesto para pagarle a los grupos”.

Sí, por supuesto que me entusiasma tener una tocada más. El problema –más bien, mi problema– es que conforme se acerque la fecha del concierto me empezará a invadir el nerviosismo. Son las mismas piezas que ya hemos tocado muchas veces, el mismo repertorio de siempre –“el repetitorio”, como diría un amigo–, pero el tener meses sin tocar juntos me llega a preocupar… aunque no tendría por qué: sé que mis compañeros, con uno o dos o ensayos estarán a la altura, pero… tal vez, yo no.

No importa que yo haya compuesto las piezas y que estructuralmente las conozca muy bien, si los dedos no las dominan y no se mueven como debe ser, lo primero sale sobrando. Sé muy bien cuáles son los puntos difíciles de cada rola, conozco bien los lugares en que suelo equivocarme en cada una de ellas –y también los sitios donde se pueden equivocar mis compañeros–, así que si me aboco a practicar, todo debería de salir muy bien. Con más de un mes antes del concierto, tengo tiempo suficiente para hacer un estudio serio, profundo y detallado de cada pieza. Debo de hacerlo, porque eso es lo único que puede disminuir mi ansiedad.

***********

Me dispongo a practicar. Hago mis ejercicios de calentamiento y me siento al piano. Intentaré pensar positivamente. El universo conspira a mi favor. Sí me merezco la abundancia. ¿Qué me pasa? Si esas frases de autoayuda me chocan, ¿de dónde me sale toda esta seudopsicología?

La mano izquierda toca los primeros ocho compases. Hay un par de errores al final de la sección. Nuevamente, la mano izquierda toca la misma sección y se vuelve a equivocar al final. No puedo permitirme tener muchos errores porque estarán los de la Asociación Mexicana del Rock, si de por sí no les gusta el rock progresivo…

La mano izquierda vuelve a tocar a una velocidad menor y sale correctamente. Lo intenta al tempo rápido y se vuelve a equivocar. Regresa al tempo lento y sale bien. Segunda vez a tempo lento, sale bien. Una tercera y una cuarta vez a velocidad lenta. Se me hace que hasta el Joaquín va a asistir a nuestro concierto, y más a propósito lo va a hacer porque no lo invité. Con tal de no perder la oportunidad de viborearnos no le va a importar tener que conducir dos horas para llegar al teatro. Sí, ya me lo imagino.

La mano derecha inicia la pieza y se atora casi de inmediato. En el tercer y cuarto compás debía tocar mi bemol pero tocó mi natural. Ahora toca únicamente tercer y cuarto compás. Repite varias veces. ¡Casi se me olvida! Hay que escribirle al diseñador para que corrija el programa. ¿De dónde sacó lo de“rock alternativo”?, si en cada página de la carpeta que les envié dice “rock progresivo”, por qué diablos le pone “alternativo”. Urge avisarle para que no se vaya a ir a imprenta con ese error. Me recordó la vez que fuimos a tocar a Pueblo Quieto y la muchacha que nos anunciaba siempre decía “En unos momentos más comienza el concierto de rock alternativo”. Pues sólo que fuéramos alternativos por todos los artistas con los que hemos “alternado”: desde grupos de jazz hasta de la onda grupera, y desde el mago Frank con su conejo Blas hasta al payaso Lagrimita… ¿o era el Chuponcito…?

¡Chuponcito!, ¡cómo me da risa la voz de ese payaso!, de verdad que está bien cag… Este… mmm… bueno… creo que esto no está funcionando. ¡Tanto pensamiento…! Tal vez sea mejor parar… mmm, podría salir al parque. Sí, eso está bien, saldré a correr unos minutos. De cualquier forma, no puedo avanzar mucho así cómo estoy. Iré a dar una vuelta y dejaré el estudio para más tarde.

***********

Reconozco esta conducta, no es la primera vez que me ocurre: no puedo concentrarme al estudiar por la ansiedad que me produce tener un concierto cercano. Si este tipo de pensamientos me asaltan en el escenario es seguro que no podré tocar bien. El libro Psicología para músicos describe este comportamiento de la llamada “ansiedad escénica”:

Los músicos afectados a menudo se enganchan más en este “catastrofismo” mental antes de los conciertos que durante ellos. Tales pensamientos son más una fuente de ansiedad escénica que un síntoma. Los pensamientos negativos tienden a intensificarse en la mente de los artistas ya que están en el escenario luchando con otros síntomas. Satisfacer las diferentes demandas cognitivas simultáneamente lleva a una reducción de la atención en la interpretación, y en lugar de tomar en cuenta todas las indicaciones relevantes para la ejecución, la atención se vuelve selectiva y, desafortunadamente, no siempre apunta a las señales correctas (por ejemplo, los artistas dejan de escucharse a sí mismos). (Lehmann, Woody, & Sloboda, 2007, p. 149)

“Catastrofismo” mental y pensamientos negativos… de acuerdo… lo acepto, eso es lo que estoy padeciendo. Lo raro es que antes no me pasaba, es decir, cuando era joven, bueno… más joven. Cuando tocamos en el auditorio del sindicato de músicos, el público era de varios cientos –algunos dijeron que había más de mil– y yo estaba muy tranquilo. De hecho, que fuéramos una banda completamente desconocida abriendo un concierto de un grupo renombrado como Banco del Mutuo Soccorso, era la situación ideal para desencadenar nuestra ansiedad, miedos e inseguridades. Y sin embargo, yo no estaba particularmente nervioso: tal vez porque era joven –más joven– y algo –o bastante– inconsciente, tal vez porque la presión se repartía entre los seis integrantes del grupo o posiblemente porque daba por descontado que al público no le interesaría escucharnos y aprovecharían ese tiempo para platicar y tomarse unos tragos –eso era muy probable, bien sabemos que nadie quiere a los grupos “teloneros”.

Mmm… ahí voy de nuevo, ya regresé a los pensamientos negativos. No sé cómo evitarlos, es imperativo encontrar ya una forma de hacerlo. Alguien me recomendó unirme a un “Club del Optimismo” pero no lo creo conveniente: una breve charla con ellos me bastaría para esparcir mi negatividad y provocar que más de uno caiga en depresión profunda.

Por otro lado, es cierto que tocar frente a una gran audiencia es intimidante, pero la presión sentida en esos casos puede ser la misma que en un concierto con poco público, pero en el que se encuentren personas significativas: seres queridos, críticos de música, o el jurado que vaya a determinar la obtención de un trabajo, beca o presentación. Precisamente, este tipo de personas son las que más a menudo aparecen en mis pensamientos… Prometo que ya no me va a ocurrir más. Pero no es tan fácil, de nada sirve únicamente declararlo, sé que debe trabajarse, así que tendré que buscar ayuda de mi psicóloga de cabecera.

*************

El ansiado día del concierto ha llegado. Después de una exitosa prueba de audio, nos concentramos en el camerino y esperamos a que la presentadora anuncie el inicio del evento. Mientras esperamos tenemos dos opciones: conversar un poco o refugiarnos en nuestros teléfonos inteligentes para evitar mayor contacto humano; afortunadamente elegimos lo primero –digo, si estamos haciendo música juntos no creo que nos perjudique conocernos un poco a nivel personal. El tema de “¿Dónde te agarró el temblor?” nos mantiene ocupados durante un buen rato y luego da paso a la acostumbrada tanda de chistes de Arturo. No sé si él lo vea de este modo, pero sus chistes, buenos o malos, funcionan muy bien para relajarnos y entrar a escena con mejor ánimo. Me siento seguro: nuestros tres ensayos marcharon muy bien, el nivel fue mejorando en cada uno, detallamos las piezas y revisamos las secciones complejas.

Al escuchar la segunda llamada salimos del camerino y caminamos hasta colocarnos entre bastidores. Arturo me señala a algunos alumnos que ha descubierto en el público, miro en la dirección que me indica y es entonces cuando veo que van llegando Zutano Corona, gerente de la estación Radio Panorama, acompañado de Fulanita del Real, la columnista del periódico Centenario –quien cree que sabe de música por tener miles de vinilos y discos compactos pero “no conoce ni el do por lo redondo”–, cuyos juicios y opiniones determinan si te programan en los festivales de música del Instituto de Cultura. En fin… dije que esto ya no me iba a importar, voy a olvidarme de que los vi y a concentrarme en el concierto.

Tercera llamada: vamos al centro de la escena uno por uno. Llego a mi lugar y empiezo una pequeña frase en el sintetizador; realmente es algo muy simple lo que toco pero el hallarme solo frente al público siempre produce una gran presión. Entra Arturo, comienza su figura en el bajo liberándome así de la mitad de la presión, la que disminuye aún más cuando llega Pedro muy tranquilo a tocar la batería –siempre muy tranquilo. He observado que, por lo general, los músicos de jazz padecen menos ansiedad escénica que los que estudiaron música “clásica”, y creo que se debe a que gran parte de su instrucción se lleva a cabo con experiencias reales de ejecución musical, tocando en ensambles con sus compañeros, a diferencia de los músicos de clásico que pasan mucho tiempo en el estudio individual y muy poco en práctica grupal. Otro factor que marca la diferencia es que los clásicos deben tocar “nota por nota” lo que dice la partitura y los jazzistas pueden modificar las melodías y acompañamiento a voluntad.

La primera pieza salió bastante bien, lo que nos hace tomar las siguientes obras con calma y confianza. El monitoreo es muy bueno –lo que hay que agradecerle a Jesús, nuestro ingeniero de audio–, los tres nos escuchamos claramente y estamos interactuando bien entre nosotros. Así es como llegamos a la última pieza antes del intermedio.

–Vamos a hacer una breve pausa después de la pieza que sigue –digo al micrófono–. Forma parte de nuestro segundo disco, que pueden adquirir en el hall del teatro, y se llama “Retablo Medieval”.

Pedro marca la entrada. Después de los 12 compases de bajo y batería, entro con la melodía inicial con un sonido de órgano Hammond. Esta primera presentación del tema se da en fortíssimo; le sigue un brusco cambio de dinámica donde el teclado baja a una mínima intensidad con ligeras puntuaciones de apoyo de los otros instrumentos. Es una parte casi solística la que estoy tocando en los sintetizadores, la domino muy bien, lo que me permite levantar la vista del teclado y mirar hacia el público. Accidentalmente, mis ojos se topan con la señorita Del Real que charla y ríe animadamente con el locutor Corona como si estuvieran en un bar. “¡…ches monos!”, pienso. Esa distracción me cuesta un tropiezo que casi me hace perder la vuelta del tema principal, pero la libro bien. Se acerca la sección del canon y pienso “¡Uf, aquí viene la parte complicada!”. Trato de concentrarme: “En este momento hay que dejar caer todo el peso del brazo derecho en el inicio de cada frase… relaja los hombros… no subas tanto la muñeca … la mano debe moverse en círculo siguiendo las notas del arpegio… la mano izquierda debe caer exacta con cada pulso… y…” ¡Y me equivoco!, ¡estoy en otra tonalidad! Corrijo de inmediato pero veo la cara asustada de Arturo que voltea a verme. ¡Corregí la tonalidad pero me adelanté dos compases! Mis manos siguen moviéndose en el teclado pero fuera de sincronía con lo que hace Arturo, quien ejecuta lo que le corresponde aunque con un exceso de notas erradas. Termino de tocar esa sección y quedo en silencio; dos compases después termina Arturo su línea; Pedro ya no supo donde introducir el fill y se queda solo tocando el ritmo. Arturo y yo, angustiados, volteamos a verlo esperando a ver cómo lo termina. Pedro da un redoble larguísimo y remata con bombo y platillos.

Tres segundos de silencio que parecen la eternidad. ¿Qué hacemos ahora?, ¿cómo retomamos la pieza?, ¿nos disculpamos y volvemos a empezar? El baterista Bill Bruford alguna vez dijo: “When in doubt, roll!”, y probablemente fue que se apareció su espíritu en el escenario porque Pedro empieza a ejecutar un roll en la tarola en pianísimo. Me acerco el micrófono para anunciar “Con ustedes, en la batería, Pedro Galindo”. Se escuchan algunos aplausos, Pedro empieza a hilvanar su inesperado solo mientras Arturo y yo nos movemos al fondo del escenario.

Al terminar Pedro su solo, lo presento nuevamente. El público silba, aplaude y grita. –Tendremos un breve intermedio. Regresamos en unos minutos– digo al micrófono.

Abandonamos el escenario. Al coincidir en las escaleras, miro a mis compañeros y sonrío moviendo mi cabeza un lado a otro –Ahora sí la regué a lo bestia– les digo. Pedro alza los hombros en señal de “Ya ni modo” y Arturo dice “No te preocupes, no fue tan grave”.

En este momento no me queda otra más que decir lo mismo que me dicen mis alumnos “En mi casa sí me salía, maestro”. Pues sí, es verdad, en mi casa me salió muy bien, y en todos los ensayos que tuvimos ese pasaje salió con mucha seguridad. Una explicación a este problema –al que los cantantes llaman “ahogamiento”– nos la brinda el periodista Jonah Lehrer en su libro “Cómo decidimos”: “Aunque pueda parecer una categoría amorfa de fracaso, o incluso un caso de exceso de emoción, en realidad el ahogamiento se debe a un error mental concreto: pensar demasiado” (p. 145). ¡Quién iba a creerlo!: resulta que pensar demasiado también causa problemas. “La parte del cerebro que controla la conducta –una red centrada en la corteza prefrontal– comienza a entorpecer decisiones que normalmente se toman sin pensar: se pone a cuestionar a posteriori las habilidades que han estado afinándose durante años de práctica concienzuda”. (p. 147)

Entonces, si entiendo bien, el querer examinar todos mis movimientos en el momento mismo de la ejecución, movimientos que ya había automatizado en un largo proceso de estudio, echó a perder la interpretación fluída y sin esfuerzo que ya había logrado. Esto se me hace muy parecido a cuando se nos pide que posemos de manera natural para una fotografía y comenzamos a pensar en cómo colocar cada parte de nuestro cuerpo produciendo un resultado opuesto al deseado. Parece ser que en estos casos el pensamiento racional y la reflexión profunda resultan ser contraindicados y la táctica más adecuada podría ser la de “aventarse como el Borras”.

Así pues, nos dirigimos al camerino para descansar un poco cuando observo una figura femenina que se nos acerca. Conozco ese andar y esa cabellera. A unos metros de mí, la vista de su inconfundible sonrisa disipa mis dudas.

–¡Qué onda!, ¡qué sorpresa! –le digo mientras me acerco para darle un abrazo–. No creí que fueras a venir. ¿Cuándo llegaste?

–Hoy mismo, a mediodía, llegué, dejé las maletas y me preparé para venir a tu concierto.

–¡Qué padre! –exclamo y luego me dirijo a mis compañeros–. Ella es Eugenia, clavecinista, fuimos compañeros en la Escuela “Nació-Mal de Música. Viene llegando de París.

–¿De verdad?, ¿fuiste de vacaciones? –pregunta Arturo.

–Más bien, al revés, viene a México de vacaciones –le explico.

–La verdad se me hizo un poco tarde –nos cuenta Eugenia–. Llegué cuando anunciabas la última pieza, ¿esa es el arreglo del Concertino de Bernal Jiménez, verdad?

–Sí, es el cuarto movimiento del Concertino. ¡La regué bien feo en esa rola!

–Ay, no exageres, si fueron sólo unos segundos, todo lo anterior estuvo muy bien. Además, te aseguro que, salvo uno que otro músico que ande por ahí, nadie se dio cuenta del error.

–¿Tú crees?

–Sí, hombre, no es para tanto. Y no tienes que preocuparte, vamos a seguir siendo amigos. No te voy a retirar la palabra sólo por haberla cajeteado espectacularmente.

-Ja, ja, ¡qué graciosa!

Bueno… por lo menos me hizo reír… y de verdad que lo necesitaba. Pensándolo bien, si Eugenia estaba aquí en mi concierto, arrastrando el cansancio de un largo viaje, no era tanto por escucharme tocar –ya me había oído tocar bastantes veces– sino por saludarme y mostrarme su apoyo. No sé por qué, pero de repente recordé que yo soy mucho más que un tecladista, mucho más que un compositor, que… sí, la música es lo que hago –y siempre será de suma importancia en mi vida–, pero eso no es todo lo que soy. A lo mejor para ella sigo siendo aquel compañero de escuela que sabía escucharla, o el que iba a molestarla a su salón de clavecín para interrumpir su sesión de práctica e invitarla a cenar a Coyoacán con la compañía de Filo y Verónica. Sí, era por nuestra amistad que ella había venido a mi concierto y así yo tocara excelente o pésimamente, ella iba a continuar ahí.

–¿Qué vas a hacer después del concierto?– me dice Eugenia.

–Lo de siempre, guardar los instrumentos, cargar todo en la camioneta y regresar el equipo al lugar de ensayo. No creas que vamos a tener nuestra fiesta after-show con alcohol, drogas y mujeres a granel.

–Ah… es que vamos a ir a cenar a El Hurache… por si querías acompañarnos. También va a ir Filo. Sí, ahí anda, vino con Yósefin.

–¿Te cae?, ¿vino Filo? ¡Y con la Yósefin!, ¡no puede ser! –digo entusiasmado–. Uta…lo malo es que hay que llevar todo el equipo…

–Si tú quieres yo puedo irme con la camioneta y asegurarme de que todo llegue bien –me dice Arturo. Tú vete con tus amigos.

–¡Órale, muchas gracias! Pues, va que va.

Al regresar al escenario para tocar la segunda mitad del show, algo ocurrió, como si se hubiera activado un interruptor que me hizo estar concentrado, escuchando y disfrutando lo que tocábamos. El resto del concierto fue muy bueno y parece, por la efusividad de los aplausos, que el público también lo disfrutó. Mientras guardaba apresuradamente mis instrumentos, no dejaba de sentirme afortunado de que después de tantos años –despúes de muchos kilos acumulados y de una que otra arruga aparecida– iba a hacer lo mismo que en mi época de estudiante: abandonar mis responsabilidades e irme a tomar un café con mis amigos para ponernos al día, contarnos chismes y carcajearnos. ¡Nunca lo hubiera pensado!

 

Referencias

Dalia, G. (2008). Cómo ser feliz si eres músico o tienes uno cerca. Madrid: Mundimúsica.

Lehmann, A. C., Woody, R. H., & Sloboda, J. A. (2007). Psychology for musicians understanding and acquiring the skills. Oxford: Oxford University Press.

Lehrer, J. (2011). Cómo decidimos: y cómo tomar mejores decisiones. Barcelona: Paidós.

¿Existe el rock mexicano? Reseña del libro de David Cortés “El otro rock mexicano” (Nueva edición)

¿Existe el rock mexicano? Reseña del libro de David Cortés “El otro rock mexicano” (Nueva edición)

Hace algunos años, en un grupo de Facebook, el tecladista Carlos Alvarado se refirió al libro de David Cortés, El otro rock mexicano, con las palabras: “…toda la basura que escribió en su librito”. En esa misma ocasión, Alvarado también dejó muy claro que por lo que Cortés escribió en ese libro fue que le dedicó la pieza titulada “David Cortés y la Malinche contra el rock mexicano”.

Esta anécdota ejemplifica el peligro de reseñar un libro en el que el trabajo de uno es examinado. Esto es, si se hace un compendio de grupos, de cualquier estilo, y yo no aparezco en él, o aparezco y soy desacreditado, lo más seguro es que descalifique ese libro. Por el contrario, si se me alaba en ese libro, me sentiré inclinado a hablar bien del mismo. Asumo que yo puede caer en esos extremos, te lo aviso a ti, estimado lector, pero también tomo mis previsiones, y aunque no pueda lograr una completa objetividad, mi obligación es seguir en su búsqueda.

Regresando al principio de este texo, me parece muy extraño que a David Cortés se le acuse, como lo hace Carlos Alvarado, de estar en contra del rock mexicano. Si Alvarado es criticado negativamente en algunas partes de ese libro, esto no quiere decir que Cortés esté en contra del rock mexicano, porque Carlos Alvarado no es todo el rock mexicano. Sí, sé que es una gran obviedad, una verdad de Perogrullo, pero me lleva al siguiente punto: si alguien ha apoyado a los grupos de rock independientes en nuestro país –especialmente a los de rock progresivo– ha sido David Cortés. Y esto es fácilmente comprobable.

Se puede tomar cualquier documental sobre rock mexicano, desde el realizado por Clío hasta los de canales televisivos como MTV o canal 40, y se verá que el rock progresivo es plenamente ignorado, simplemente no existe. Si acaso, alguno mencionará de pasadita a Chac Mool, y eso, tal vez, por la amplia difusión que tuvo al ser grabado por una compañía trasnacional.

En cuanto a libros de rock mexicano, el asunto no cambia mucho:

Federico Arana en su “Guaraches de ante azul” sí registra –aunque no desarrolla– a los progres mexicanos en el capítulo “Trascendencia del roc azteca”. Roberto Vázquez, “Mamys” en su “Rock progresivo”, tan sólo esboza un panorama general más claro de grupos surgidos en los años setenta como: Viva México, El Queso Sagrado, La Marioneta Eléctrica, La Cabra de Bolones, El Burro Eléctrico y Decibel. En 1992, el ex baterista de Maldita Vecindad, José Luis Paredes Pacho, publica su libro/ensayo “Rock mexicano. Sonidos de la calle” con una introducción de Carlos Monsiváis en donde el progresivo mexicano la pasó de noche. (José Xavier Návar, 2014, p. 96)

También podemos observar el comportamiento de muchos fans mexicanos de rock progresivo, quienes te pueden hablar del nuevo grupo progresivo de Tombuctú que lanzó su disco la semana pasada, pero que si se les pregunta –como yo lo hice alguna vez– si han escuchado el disco de los mexicanos Kromlech – La soledad de las sombras, de 1998– te darás cuenta que ni el nombre del grupo conocen.

Con este panorama que he descrito, uno puede apreciar la enorme importancia del libro de David Cortés, libro dedicado a los grupos que hacen “una música alejada de marquesinas, reflectores y grandes promociones que ha crecido por la tosudez de sus practicantes” como dice la contraportada de la vieja edición.

Esta nueva edición crece en páginas –de 277 a 432–, en formato, decrece en tamaño de tipografía para crecer en información, añade un valiosísimo índice analítico y un nuevo capítulo “La otra avanzada regia”. Es una investigación que abarca grupos del año 1974 hasta del 2016, en la que entrevistó y les cedió la voz a los músicos que no pueden pagar una campaña de marketing, que no pueden dar payola, que no tienen amigos en las televisoras ni compadres en las instituciones culturales, pero que se pasan extensas horas trabajando en su instrumento y en la composición para llegar a lograr música de calidad. Desgraciadamente, calidad y popularidad no siempre van de la mano –ya he escrito al respecto en mis artículos “Cómo se hace popular una obra artística” y en la reseña del libro Hit Makers–, pero gracias al libro de Cortés uno se puede enterar de proyectos musicales de gran calidad que nunca nombrarán en la radio y en la televisión comercial.

Por otro lado, es claro que no estoy de acuerdo en todo lo que Cortés plantea en su libro, sobre todo en el capítulo llamado “El palimpsesto progresivo”, en el que tengo varias anotaciones y subrayados. Por ejemplo, el lugar común de hablar de “los excesos del progresivo” –cuando tal vez, debería hablarse de los excesos en todo el rock, o de los excesos de la década de los setenta– ya lo he cuestionado, con ejemplos musicales, en un artículo anterior de mi blog, y por eso no hablaré más al respecto, pero sí diré que se dio la oportunidad de platicarlo con David Cortés, de manera muy amable y cordial, en un encuentro fortuito que tuvimos en el metro de Ciudad de México.

En la presentación del libro, el miércoles 13 de diciembre en el Foro Alicia, David Cortés nos confesó que “Lo escribí porque estoy harto de la gente que dice ‘¿Rock Mexicano? ¿Existe?’…”. En efecto, es una pregunta muy habitual y exasperante, pero afortunadamente la respuesta de Cortés fue, en vez de golpear a estas personas, abocarse a investigar y escribir para compartirnos sus “experiencias progresivas, sicodélicas, de fusión y experimentales”.

El otro rock mexicano. Experiencias progresivas, sicodélicas, de fusión y experimentales
David Cortés
GRUPO EDITORIAL TOMO (2017) Ciudad de México
Páginas: 432

PortadaCortes

Referencias

Návar, José Xavier. “El rock progresivo mexicano.” Rolling Stone Mexico, Edición Especial de Colección “Rock Latino. Los años setenta”, 2014, p. 96.

 

Cuando tu profesor te quita las ganas de componer

Cuando tu profesor te quita las ganas de componer

Lo confieso, soy uno más de los mexicanos que ejercen sin tener título: me dedico a componer sin tener ningún documento que me lo autorice. Pero, siendo honesto, sí llegué a cursar una materia, “Introducción a la composición”, en la Escuela Nacional de Música con el profesor Federico Ibarra. Hay al menos dos razones por las que no la considero importante en mi formación: primero, era una clase de análisis musical más que de composición y, segundo, era impartida por un alumno del último año de la carrera, no por el maestro Ibarra, a quien lo veríamos tres o cuatro veces en el semestre. El resultado de eso fue que ya no quise saber más de la composición y me cambié a la carrera de órgano. Años después, ya con el título de organista en mis manos, decidí que no quería saber nada más del órgano y regresé a la composición, pero ahora por mi cuenta, sin ninguna guía, sin ningún maestro.

Hace unos meses, por casualidades de la vida, y después de años de componer de manera autodidacta, me encontré nuevamente en un curso de composición. A diferencia de hace años, ya no era necesario llevar nuestro manuscrito, ya no había que tocar nuestra obra al piano, ahora la dinámica consistía en llevar los archivos creados en Sibelius —el programa de notación musical preferido por toda la clase, menos por mí—, y ejecutarlos en la computadora del aula para que en una pantalla de cincuenta pulgadas todos pudieran ver la partitura deslizarse en sincronía con el audio que reproducía el mismo programa. Después de escuchar y ver la obra del alumno elegido, sus compañeros darían su opinión y hasta el final se escucharía la del profesor.

Una de las opiniones que dió el profesor a un compañero, realmente me sorprendió. El profesor le cuestionaba el tener demasiados pasajes escalísticos y le decía:

­—¿Por qué seguir usando escalas? Llevamos cientos de años usando escalas, ¿por qué seguirlas usando ahora? ¿O es que quieres sonar como Bach?

Pensé “¿Esto es en serio?”. Me parecía tan absurdo como decirle a un escritor: “¿Todavía sigues escribiendo usando oraciones? Llevamos siglos haciéndolo, ¿o es que quieres parecerte a Cervantes?” Pero no era broma. El profesor lo había dicho con absoluta seriedad. O sea que ¿el usar escalas te va a hacer sonar como Bach?, ¿acaso no importa la escala que uses? ¿Y qué pasa con su construcción melódica, su armonía, sus texturas contrapuntísticas, y demás elementos de la música? Por otro lado, si yo pudiera sonar como Bach, sería un gran logro. Probablemente no lo vería como el objetivo principal de mi carrera pero si lograra sonar como don Juan Sebastián es porque tendría un dominio enorme de los diferentes elementos musicales. No me molestaría poder componer algo que sonara a Bach.

Todo eso pensé pero no dije nada. Esperé a que mi compañero respingara, o alguien más de la clase, pero no ocurrió. El acusado asintió, con cara de absoluta confianza en la apreciación y dichos del profesor, luego tomo el ratón y dió unos cuantos clics en la computadora para resaltar las secciones con la característica aludida, supongo que para poder “corregirlas” posteriormente.

Llegó mi turno. Abrí un archivo de audio con la versión Midi de mi obra. Podría haber puesto en la megapantalla el archivo PDF de mi partitura pero decidí no hacerlo porque… ¡quería que escucharan mi composición!

Mi obra sonó en las bocinas. Esos segundos de silencio que transcurren entre el fin de la pieza y el primer comentario siempre se hacen eternos. Estaba preparado para las críticas: en una clase anterior ya había sido tachado de tradicionalista por usar pulso y métrica en una obra electroacústica y por mi amplio uso de elementos melódicos, así que tenía ya una idea de lo que podrían comentar.

El profesor les cedió la palabra a mis compañeros y uno de ellos dijo:

—La segunda parte de tu pieza como que no camina, yo creo que es porque la flauta toca siempre en el mismo registro.

—¿Cuál mismo registro? —repliqué—. En esa sección la flauta va desde su nota más grave y va subiendo lentamente hasta más de dos octavas, ¿no lo escuchaste?

—Bueno, por eso dije “creo que…”.

—Yo no encontré una célula, un motivo melódico en toda la primera parte —comentó un segundo compañero.

—Cómo que no, si todo el tiempo lo estoy machacando, lo repito muchísimo.

—¿O tú la escuchaste?, le preguntó al primero.

El profesor se adelantó y dijo: “Sí, es está” y a continuación la entonó.

—¿Tienes una versión impresa de tu partitura? —me solicitó el profesor.

Saqué la partitura, la pusieron en el atril y todos se acercaron a ella.

El tercer compañero dijo —No percibí la métrica a cinco octavos que escribiste.

“Pues cualquier alumno de primer año de solfeo la podría percibir” estuve a punto de decirle, pero nada más hice un gesto de “ni modo”.

—Salvador —dijo el maestro—, como que esta segunda parte es algo completamente diferente, no tiene relación con la primera.

—Claro que sí, el motivo que está tocando la flauta es el mismo con el que empieza la obra pero en retrogradación (Nota para los no músicos: una melodía en retrogradación es la que se obtiene de tocar un tema a partir de la nota final, luego la penúltima, la antepenúltima y así hasta llegar a la primera).

—Tal vez lo puedas justificar teóricamente como un retrógrado pero eso no quiere decir que se escuche —intervino un tercer compañero.

—Puede ser, pero ese motivo, así en retrógrado, ya lo había expuesto en la primera sección, si no lo escuchaste, puedes ver la partitura, aquí aparece…—y empecé a contar en la partitura—, ¡doce veces!, ¡nada menos!

Mi compañero se acercó a la partitura, la observó y pareció convencerse.

En ese momento me di cuenta de algo muy grave: los compañeros ahí reunidos no eran capaces de percibir a través de la escucha; no percibían una métrica, un cambio en el registro de un instrumento, un contorno melódico repetido muchas veces, necesitaban de la partitura para poder entender lo que ocurría auditivamente. Pero… ¡la música se escucha, no es para verse! Sé que esto es una obviedad pero por eso mismo indica lo enorme del problema.

Continué explicando la segunda sección de mi pieza:

—Por supuesto, el ritmo e intervalos de ese motivo los varío, y la métrica y el tempo son diferentes porque lo que quiero es una sección contrastante y…

—Ah, entonces, si quiero una segunda parte que contraste, le inserto ahí una cumbia, y va a contrastar con lo primero, ¿no? —me interrumpió el profesor.

Quedé impávido. No podía ser posible que estuviéramos en ese nivel de argumentación. Esto me lo decía el profesor, no un simple aficionado a la música, no un alumno principiante, sino “El Profesor de Composición”.

—Tu ejemplo es muy, es muy…—dije moviendo mi cabeza de un lado a otro sin encontrar una palabra decente para describirlo.

—Sí, ya lo sé, estoy caricaturizando —replicó—. Bueno, esperemos que estos motivos de la segunda sección se vean reflejados en la parte final de la pieza.

Suspiré decepcionado. ¿Qué estaba haciendo aquí? Antiguos compañeros de la Facultad de Música y uno que otro exalumno me habían contado cosas sorprendentes de sus maestros de composición; ahora podía comprenderlos.

En los siguientes días y semanas me pasó algo extraño. Tenía que componer la tercera parte de mi pieza, pero no podía. Abría el piano, prendía la computadora y en ese momento venían a mí las imágenes de aquel día. Me acordaba de sus críticas, y a pesar de estar satisfecho de cómo las había refutado me seguían provocando un gran malestar, así que buscaba ocuparme en otra actividad y evadir la composición. Si lo razonaba, todo era muy claro: sabía que quería hacer musicalmente con mi pieza y no me influiría lo que me habían dicho…, pero sentía una gran resistencia, todo mi cuerpo se negaba.

Y continué evadiendo la conclusión de mi obra. Falté a las siguientes clases, a muchas de ellas.

Siempre había sido un placer el sentarme frente al piano para dedicarme a componer. Era un acto gozoso, aún cuando hubiera días en los que me pasaba descartando ideas y tachando pautas en mi cuaderno. Siempre había disfrutado este proceso, por eso es increíble que toda mi motivación para componer desapareció en el momento que… ¡en el momento que tuve un maestro de composición!

Bullying en las artes: Profesores que humillan a sus alumnos

Bullying en las artes: Profesores que humillan a sus alumnos

Puedes leer el artículo a continuación o escucharlo aquí:

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Después de leer su cuento ante la clase, lo que restaba era escuchar los comentarios a su trabajo. El alumno, al igual que sus compañeros, dirigió su mirada al profesor, quien caminaba lentamente sobre el estrado moviendo la cabeza, con una caja de cerillos jugueteando entre sus dedos. El maestro señaló un par de aciertos en el texto. Pero…, a tu cuento lo que le falta es calor, remató convencido. A continuación encendió un fósforo y lo acercó a la copia del cuento que sostenía en la mano, la que se quemó con rapidez. Dicho profesor era ¡Juan Rulfo!

        Más de cincuenta alumnos escuchamos esta historia de boca de nuestro maestro de literatura. ¿Juan Rulfo? Sí. El ídolo de todos nosotros, figura indispensable de la literatura mexicana, nos era mostrado como un ser humano que…, ¡no podía ser cierto!

        No tengo manera de confirmar la veracidad de esta anécdota pero, por coincidencia, se parece mucho a otra que ya me habían contado. Un viejo conocido recibió una beca para escribir una novela y al llevar sus avances a uno de sus asesores este le comentó, “Creo que sólo requiere unos cortes”, y dicho esto comenzó a romper las hojas en pedazos. No sé el nombre de tal asesor, pero entendí que era considerado como una de las luminarias de la literatura mexicana contemporánea. De cualquier forma, es mejor que no lo recuerde porque apenas dijera su nombre, los admiradores de dicho escritor se lanzarían a atacarme y acusarme de envidioso y calumniador. Sí, no exagero. No logro entender la razón, pero ocurre que aquellos comportamientos que censuramos de inmediato en cualquier persona, los toleramos y los justificamos cuando los lleva a cabo “El maestro”, “El doctor”, “El genio”, o “El virtuoso”. Y sucede a cada instante en el campo de las artes.

        En un taller de cuento, varios compañeros compartíamos la sensación de que Edmée (2), la profesora, disfrutaba descubrir errores en nuestros textos, lo que hacía notar de manera poco amable. He escuchado la justificación de este comportamiento: “Allá, fuera del salón de clases, en el mundo real, se van a encontrar con críticos feroces que tratarán de pisotearlos por el menor error. Es mejor que se vayan acostumbrando.” No concuerdo con este razonamiento. El alumno no puede ver a su profesor como uno de esos “críticos feroces”, lo que necesita es un ambiente de confianza y respeto que le permita abrirse para aceptar los errores que se le señalan y entender las técnicas que se le indican para corregirlos. El alumno no debería percibir al profesor como un enemigo.

          Tengo en mi poder una carta enviada por un estudiante de música a la dirección de su escuela, en la que denuncia el trato que recibió por parte de Ariel, su profesor de armonía. Comparto un pequeño extracto.

Todos alguna vez sufrimos algún vituperio, que iban desde la manera sádica o, si se me permite el término, perversa, de elegir un ‘voluntario’ para pasar al pizarrón a realizar algún ejercicio, hasta, calificar de ‘rebuznos’ los ejercicios hechos por el alumno/víctima. La situación en clase era tensa y el alumno que estaba en el pizarrón se encontraba totalmente aterrado, siendo víctima tanto del maestro, como de sus compañeros que preferían hacerse cómplices pasivos de estas finas formas de tortura psicológica. (…) Me encontraba totalmente bloqueado por el miedo, y esto, aunado al pobre contenido de la cátedra, me impedía obtener el aprendizaje que yo hubiera deseado.

         Creo que para todos es evidente que un ambiente de esta naturaleza no sólo inhibe el aprendizaje sino que puede provocar la deserción de la asignatura y hasta el abandono total de la profesión (¡he sabido de tantos…!).

         Conozco muchas historias más: la de Bruno, profesor de solfeo, que a la petición de un alumno de que le revisara una lección respondió “Ve a que te la revise tu perro”; la del compositor Julio, quien es reconocido a nivel nacional e internacional, pero también célebre por burlarse en clase de sus alumnos y ponerlos en evidencia. Sé del doctor Eduardo, quien a menudo lanzaba comentarios en clase que minimizaban el trabajo de mis compañeras y de las mujeres en general. Y recuerdo muy bien lo que sentí cuando llegué entusiasmado a mi primera clase de piano con el famoso jazzista Enrique, quien me recibió con la pregunta “¿Y tú también vienes a que te resuelva la vida?”

       El “maestro” Ariel, el “virtuoso” Bruno, Julio, “el genio” y “el doctor” Eduardo continúan hasta la fecha impartiendo sus clases. Posiblemente se dieron ya cuenta de su comportamiento y lo han modificado a favor de sus alumnos. O quizás sigan con su conducta de siempre, golpeando a artistas en desarrollo, truncando carreras, al amparo de instituciones educativas que los solapan y los encubren.

         No deberíamos dejarlo pasar: hacia estos comportamientos, sean del gran profesor o del renombrado genio, sí debemos ser intolerantes.

 

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Este artículo fue publicado originalmente el 2 de junio de 2015 en el blog de “goveamusic”.

(1) En este artículo se habla fundamentalmente sobre el bullying ejercido por los profesores hacia los alumnos. Sé que para muchos autores el bullying debe ser “entre pares” y limitado a un ambiente escolar pero otros tantos toman un concepto más amplio, como Brenda Mendoza (2011) y Anne-Marie Quigg (2011), quienes fueron la base e inspiración para escribir este texto. Para cualquier duda y ampliación sobre el tema les dejo las referencias:

Mendoza González, Brenda, Bullying entre pares y el escalamiento de agresión en la relación profesor-alumno, Psicología Iberoamericana, vol. 19, núm. 1, enero-junio, 2011, pp. 58-71. Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, México.

Quigg, Anne-Marie, Bullying in the Arts : vocation, exploitation and abuse of power, 2011, Gower Publishing Limited, Inglaterra.

(2) Los nombres de los profesores que se mencionan en el texto han sido modificados para no perjudicar a los que han sido víctimas de ellos, pero los hechos descritos son verídicos.

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El largo camino a la titulación

 

Rock Suburbano

Rock Suburbano

por Guillermo Lantén

-Tenemos una banda –dijo mi amigo el Totón- cuando me vio entrar a su cuarto.

Él se encontraba sentado en una silla pueblerina de madera. Tenía en cada mano un trozo de caja de jitomates que servían como baquetas para percutir botes de plástico que simulaban ser tambores de batería y un viejo platillo (ride) que pendía de un alambre recocido clavado a una de las vigas que sostenían el techo de láminas de cartón.

Le respondí que para formar un grupo de rock hacía falta una guitarra eléctrica.

–Tú tienes una guitarra.

-Pero necesitamos una que sea eléctrica.

-No hay pedo, el Ultramán –amigo de ambos- nos presta la suya.

-¿Crees que quiera?

-Claro.

En una tarde nublada y polvosa del año 1978, después de unos días del encuentro con el Totón, yo estaba en el patio de la casa del dichoso cuate apodado el Ultramán.

-¿A poco sabes tocar guitarra?

-Pues, me sé algunas “pisadas” y el círculo de Do.

El Ultramán fue a su recámara, después apareció con una guitarra Gibson, la que parece antifaz de Batman, y una bocina metida en una caja de madera con un botón de encendido-apagado y otro de volumen.

-Cuélgatela mientras la conecto.

En ese momento sentí la brizna y recordé el riff principal de Black Night para animarme. Pero cuando el Ultramán encendió el amplificador, y debido a la baja calidad de su manufactura, emergió de su bocina una cumbia de los Corraleros del Majagual.

Protesté:

-Ay, no mames, me estoy electrocutando…Aaaaa…paga el radio.

-Chale, conmigo no hace eso. ¡Presta!

El Ultramán se colgó la guitarra y comenzó a tocar.

-Creo que te dio toques porque estás parado en medio de un charco. Póntela de nuevo.

Me moví a un rincón seco y emocionado me colgué de nuevo la guitarra y en ese momento: ¡Rooaaaaaaaamm! Trueno y chaparral descendieron para impedir mi debut como rockero.

-Ya valió madres. Mejor lánzate a tu chante y ven otro día.

-Cámara, luego nos vemos.

Me despedí airoso.

-Chingada madre – pensé mientras corría para no mojarme.

-Algún día tendré mi lira y desde la azotea de mi casa tocaré God of thunder aunque me moje.

Tirado en mi cama me entretenía imaginando las caras de babosos que tendrían mis vecinos al verme tocar.

Afuera se escuchaba el reír de las gotas de lluvia al impactarse contra los techos de casas.

 

Guillermo Lantén
15 de septiembre de 2011
https://salvadorgovea.com/blogueros-invitados/

Cómo colocar una canción en la radio (la mera verdad de…)

Cómo colocar una canción en la radio (la mera verdad de…)

En esta ocasión no voy a hablar mucho. Sólo voy a presentar dos opiniones contrastantes, y una pequeña crítica mía, sobre el fenómeno de la industria musical conocido como payola. Lo pongo así en letra cursiva porque ese término aún no existe en nuestros diccionarios — aunque la aplicación de esa palabra sí que está bien extendida en los países de habla hispana. De forma que acudo a la Wikipedia (en.wikipedia.org) para la siguiente definición:

Payola, en la industria de la música, es la práctica ilegal de pago u otro incentivo por las compañías discográficas para la difusión de las grabaciones en la radio comercial en el que la canción se presenta como parte normal de las transmisiones diarias.

Para ejemplificar, presento un fragmento del libro de Hank Bordowitz (2007, p. 98-99) Los sucios secretos de la industria del disco: por qué tanta música que escuchas apesta, en el que dedica varios capítulos al estudio de esta práctica.

***********

La acción se lleva a cabo en un departamento de programación de una estación de radio. Hank está trabajando en su escritorio, frente al monitor de su computadora. Suena el teléfono. Hank contesta.

HANK.—Programación WHNK. Habla Hank.

BETH.—Hola, habla Beth, de Promociones Premier.

HANK.—¿Qué tienes en mente?

BETH.—Oh, ya sabes, nuestros discos. Dave y los Marshes: ¿los ha pedido la gente o se ha quejado de ellos?

HANK.—Ya lo sabes. Los tengo rotando 14 veces a la semana.

BETH.—Vaya, ¿tanto así? ¿Lo reportaste a Hits?

HANK.—Por supuesto. Radio and Records lo verificará desde mi selector de transmisiones y también BDS.

BETH.—Bien, y ¿qué tal con esa banda de bebés, los Booyahs?

HANK.—No iremos a eso de nuevo. Esa mierda no va a flotar.

BETH.—Vamos. WTMI los tiene en toda la ciudad.

HANK.—Debe ser por eso que nuestra audiencia subió.

BETH.—Escucha, los Booyahs estarán de gira con Dave. Le tengo que pasar la bandera ya sea a ti o a “TMI”.

HANK.—Bueno, tú sabes que hemos apoyado a Dave desde el primer álbum. Lo hemos promocionado por esta región.

BETH.—Sí, pero esto es ahora. TMI está tocando a ambos grupos. Le están dando a los Booyahs siete veces a la semana.

HANK.—Déjame adivinar: ¿los búhos y los murciélagos lo disfrutan?

BETH.—Esta bien, es en la madrugada pero al menos están al aire.

HANK.—Vamos, Beth, estoy jugando limpio contigo. Siempre lo he hecho. Pero necesito mantener la chamba y tocando cosas como los Booyahs me patearían el trasero muy pronto.

BETH.—Bueno, para empezar ¿quién te avisó del trabajo en la WHNK?

HANK.—Si, lo sé. Te debo esa. ¿Pero los Booyahs? Hicimos la encuesta, les pusimos su disco al público de prueba y empezaron a roncar.

BETH.—Oye, estoy recibiendo mucha presión de allá arriba. El nieto del jefe toca la batería en la banda. ¿Podrías hacer la dinámica de votación?, que la audiencia decida si es un éxito o se les manda a la basura. ¿O cualquier otra cosa? (Pausa) Mira, vamos a hacer la campaña de marketing en cooperación con el promotor de conciertos, pero no podemos emitir anuncios en una estación que no esté tocando el disco, ¿me explico?

HANK.—¿Qué tanta cooperación?

BETH.—No han decidido todavía.

HANK.— (Suspira) Vamos a hacer esto: Le daré dos vueltas en la madrugada y si consigue telefonazos, con eso lo levantaré a tres y lo someteré a la votación de “éxito o basura”.

BETH.—Grandioso. Te hablo la próxima semana.

HANK.—Ah, antes de que te vayas. Esos ipods que regalamos la semana pasada. El concurso era para 10. Nos enviaste una docena. ¿Te los envío de vuelta?

BETH.—Nooo, demasiado papeleo para regresarlos al inventario. Es más fácil si te los quedas.

HANK.—Okay.

BETH.— Okay.

Hank cuelga el teléfono.

***********

Como contraparte, leamos ahora la opinión del locutor y programador Raúl David Vázquez, más conocido como Rulo, en una entrevista de Arturo J. Flores (2011, p. 86)

Cuando la gente habla de payola lo hace muy a la ligera. Cada disquera tiene cinco artistas prioridad a los que les mete dinero. Si oyes en Reactor a uno de esos artistas prioridad, entonces puedes decir que hay payola. ¡Pero nadie mete payola para promover a los Strokes! La lana es para los cinco artistas prioridad: Paulina Rubio, Thalía, no sé.

También, el Rulo nos dice lo siguiente:

La payola es el Yeti, todo el mundo lo ha visto, pero nadie tiene pruebas de su existencia. En las disqueras te dicen que no existe, pero ¿quién lo va a probar? Existe una payola legal o formal, las disqueras compran publicidad, se les extiende un recibo y entonces participan en la programación. Es formal, pero el público está engañado porque no le está diciendo que la canción que escucha es resultado de un intercambio de dinero.

Con su chiste sobre el Yeti, me parece que el Rulo quiere minimizar el problema —a través de ridiculizarlo —, pero además va más allá cuando habla de payola formal, porque una cosa es contratar una serie de spots para anunciar mi concierto y otra que se transmitan mis canciones en la programación normal; evidentemente para lo segundo existe un trato por el quel no se extiende ningún recibo, se da un acuerdo por debajo del agua. Pero eso es solamente mi opinión, ¿cuál es la tuya?

 

Referencias

Bordowitz, H. (2007) Dirty Little Secrets of the Record Busi­ ness: Why So Much Music You Hear Sucks. Chicago: A Cappella Books.

Flores, A. J. (2011) La payola es el Yeti. Todos la han visto, pero nadie tiene pruebas de que exista. Playboy México, Vol. 10, No. 110, 84-86.

https://en.wikipedia.org/wiki/Payola