La autobiografía de Rick Wakeman: Say yes!

La autobiografía de Rick Wakeman: Say yes!
Quien haya escuchado las anécdotas que Rick Wakeman relata entre una pieza y otra en sus conciertos, o lo haya visto con Yes en la ceremonia de inducción al Salón de la Fama del Rock and Roll donde cuenta un chiste sobre su examen de próstata, sabe muy bien que el tecladista posee, además de su talento musical, un gran sentido del humor.
Esa misma forma de narración divertida e ingeniosa es la que se puede encontrar en su autobiografía “Say yes!”. Por eso es que mientras leía este libro me imaginaba a Wakeman en un club de comedia contando chistes y anécdotas de su vida o, con un poco de más de fantasía, en una plática de sobremesa compartiendo con él unos tragos. Al leerlo, se percibe como alguien amable y cercano –muy lejos de la imagen pedante que proyectan muchas estrellas de la música.
Wakeman narra en este breve libro varios aspectos de su vida desde su niñez hasta el año de 1995 –poco antes de reformarse la alineación clásica de Yes–. Hay muchos episodios divertidos dentro de estas páginas, como aquel en el que llega ebrio a su clase de clarinete, sí, de clarinete –tenía que estudiarlo como segundo instrumento–. Y aunque algún episodio no sea en sí mismo muy divertido, Wakeman sabe cómo acomodar las palabras y oraciones para poder sacarle una sonrisa al lector.
Siendo yo músico, me interesan sobremanera los aspectos de su formación, y encuentro en él nuevamente la importancia del ambiente familiar: mientras no tuvieron televisión en casa, las tardes de domingo reunían a su padre, su madre, un tío y algunos primos para tocar y cantar música. Muy joven, a los seis años de edad, fue que lo llevaron a su primera clase de piano con la maestra Dorothy Shymes quien “durante los siguientes quince años se convirtió en la persona más importante en mi vida, después de mis padres” (p. 3).
También me pareció interesante cómo es que se fue desencantando del conservatorio hasta el punto de abandonarlo, enfrascarse en múltiples sesiones de grabación y dedicarse a cumplir su deseo de ser un músico de rock. Pero ya no contaré nada más, no quitaré el placer de descubrirlo por sí mismo a quien tenga la oportunidad de encontrarse con este libro y sumergirse en él.
«Say Yes!: an autobiography», Rick Wakeman. Hodder & Stoughton, 1995.

Baterías y Bateristas – Rock Progresivo Bajo la Lupa 2

Baterías y Bateristas – Rock Progresivo Bajo la Lupa 2

Una de las funciones principales del baterista es proporcionar el pulso y la métrica a los músicos que tocan con él, así como señalar los cambios de secciones de una obra musical. De alguna forma, es como el director de orquesta que va a mantener a todo el grupo unido para que toquen a la misma velocidad o tempo. En el rock progresivo, los bateristas realizan estas mismas funciones, pero, al igual que los otros instrumentistas de estos grupos, buscaron ampliar sus recursos y sus tareas dentro de esta música.

Rock bajo la Lupa 4: El secuenciador

Rock bajo la Lupa 4: El secuenciador

El uso de los secuenciadores –y su familiar, la caja de ritmos– en el rock. Conoce cómo funcionan y escucha algunos famosos ejemplos, y otros bastante desconocidos, del uso de estas herramientas musicales, en el Podcast 4 de nuestra serie «Rock bajo la Lupa».

Los Críticos del Rock Progresivo

Los Críticos del Rock Progresivo

Artículo publicado originalmente en octubre de 2011 en la página de http://www.facebook.com/GoveaProgressiveJazz

Ningún otro género de la música popular ha sido tan satanizado como el rock progresivo. Gran parte de la prensa musical, e incluso algunos musicólogos, lo han acusado de ser pretencioso, apolítico, elitista, y demás adjetivos peyorativos. Un análisis de esta actitud de los críticos de rock hacia esta música podría llenar un grueso tomo.

Hace algunos meses escuché una conferencia sobre historia del rock impartida por un conocido crítico mexicano de dicho género. De entre varios comentarios que hizo, evidenciando su desagrado hacia el rock progresivo, tomaré solo uno para analizarlo en detalle. Dicho comentario es el siguiente: “Los músicos de rock progresivo eran personas que aspiraban a ser músicos clásicos”. Aclaremos que cuando este crítico habla de un músico clásico se refiere a un músico de conservatorio.

Ante esa afirmación, lo primero que podríamos contestar es: si algún músico de rock quiere volverse clásico, ¿cuál es el problema?, ¿acaso no tiene la libertad de hacer musicalmente lo que se le antoje? No obstante, esta supuesta aspiración a ser clásico es una actitud que este crítico hace ver como despreciable; su visión es que la música clásica (o académica) es completamente opuesta y ajena a la música rock, que es considerada como música de extracción popular. Insinúa además que un músico que olvida sus raíces populares en busca de una música que, supuestamente, se identifica con las clases altas, traiciona la esencia de lo que es el rock.

Esta es la idea de la “acreditación cultural”, según la cual las obras de rock progresivo “podrían elevar el estatus de sus compositores e intérpretes – y por implicación, de la música pop en general – a un nivel comparable con el de la música clásica europea del pasado, y de este modo llevarlos a la aceptación dentro de los círculos del establishment musical”.(1) Para estos críticos, la creatividad y el eclecticismo del rock progresivo es solo una búsqueda de estatus, un intento por agradar a la gente que aprecia y cultiva la «música de arte». Hay varios problemas con esta idea.

Primeramente: si alguien quisiera elevar su estatus dentro del círculo de la música de concierto –cuyo público, por lo general, es completamente ajeno a muchas músicas de corte popular– lo menos adecuado sería formar un grupo de rock. En segundo lugar, esta idea ignora completamente la historia real de muchos músicos de rock progresivo. Keith Emerson, tecladista y compositor de Emerson, Lake and Palmer, tuvo una breve formación clásica con varias profesoras de piano, para tiempo después  acercarse al jazz, al blues y al rock. Rick Wakeman, tecladista de Yes, terminó la licenciatura en piano clásico y se convirtió en músico de estudio, llegando a aportar sus teclados en dos discos de David Bowie. El tecladista de Gentle Giant, Kerry Minnear, presenta un caso similar, termina su licenciatura en composición y se adentra tiempo después en el rock. Chris Squire, bajista de Yes, formó parte, siendo niño, de uno de los mejores conjuntos corales de Inglaterra, y, al igual de todos los mencionados anteriormente, escogió el rock como el mejor medio para expresarse musicalmente. Si es despreciable dejar el rock para irse a lo clásico, según esta teoría, sería admirable moverse de lo clásico al rock.

Nuestro amigo crítico declara después que “lo malo” de Rick Wakeman era que “se había quedado a mitad del camino entre ser un músico de rock y un músico clásico”. Esto es una falsa dicotomía: según él eres músico clásico o eres músico de rock, no tienes mas que dos opciones, cualquier fusión de elementos de las dos músicas es inaceptable.

Del análisis del discurso de este y otros críticos, puede deducirse que su molestia viene de la convergencia de la –para ellos– música de las altas clases sociales (clásica) con la música de la –también, según ellos– clase trabajadora (rock) en un género como el rock progresivo. Dicha molestia se basa en falsos supuestos, ya que los conocimientos de música clásica de gran parte de la clase dirigente, o poderosa económicamente, son mínimos; y por el contrario, la gente de la clase trabajadora puede disfrutar enormemente un concierto de un cuarteto de cuerdas o de una orquesta sinfónica.

[1] Hatch and Millward From Blues to Rock, An analytical History of Pop Music, 1987, p.148, Manchester University Press .

Mi yo dividido

Mi yo dividido

A diferencia de mi vida adulta, en mi infancia solía leer mucho. Tenía el ejemplo de mi madre y mis hermanos mayores –siempre con un periódico, revista o libro en sus manos–, y la posibilidad de escoger entre las centenas de volúmenes ordenados en los libreros que rodeaban la sala y el comedor de la casa. Julio Verne era de mis autores favoritos: después de leer De la tierra a la luna, soñaba con ser astronauta, y al terminar Viaje al centro de la tierra, ya quería ser geólogo. Motivado por otras lecturas, llegué a afirmar que sería arqueólogo, luego juré dedicarme a la física, y poco después presumía que iba a investigar los cambios evolutivos que habían conducido al nacimiento de la especie humana –no entendía bien que disciplina se dedicaba a ello, pero, la que fuera, eso quería estudiar.

Dados esos antecedentes, es realmente asombroso que haya terminado dedicándome a la música, hecho del que culpo a mi madre, ya que a mis once años me inscribió en una escuela de iniciación musical –sospecho que fue para mantenerme ocupado en las tardes porque no creo que haya visto alguna aptitud en mí–. De cualquier forma, en ese tiempo descubrí mi veta artística: en la secundaria escogí el taller de artes plásticas –donde, según mis compañeros, tenía facilidad para el dibujo–, y después me vi dirigiendo y actuando obras de Miguel Angel Tenorio y Emilio Carballido para presentarlas en la clase de español. Me gustó tanto la actuación que, al llegar al bachillerato, me inscribí al taller de teatro de la escuela.

Al terminar mi educación media superior, me enfrenté a la gran duda de todo egresado: qué carrera elegir. Había mantenido mis estudios musicales a la par de la secundaria y el bachillerato, así que fue muy lógico que escogiera la música. Tuve que soportar las insufribles cantaletas de “Te vas a morir de hambre”, el incisivo consejo de mi madrina de “Deberías estudiar una segunda carrera para poder sostenerte” y los dichos de tantos de que el mundo artístico está plagado de drogas y sexo –argumento con el que ya no entendía si querían disuadirme o alentarme–. Aunque la decisión estaba tomada, acepté la sugerencia de cursar simultáneamente la carrera de computación –de alguna manera, mis inclinaciones técnicas y científicas aún persistían en mí.

Mi historia dentro de la música no estuvo exenta de cambios y vueltas de timón. Empecé de niño estudiando guitarra clásica, después, sin dejar la primera, inicié clases de piano. Me cambié a la Escuela Nacional de Música, llevando piano como instrumento principal; entré más tarde al área de composición, pero un año después me cambié a órgano, carrera en la que, tras varios episodios de abandono y retorno, pude obtener mi título.

Una vez fui con una psicóloga que me recomendaron: dijo que mi problema era mi inconstancia, que debía de terminar todo lo que empezara, que no podía dejar tantas cosas a medias…, pero no estuve de acuerdo y dejé de asistir después de dos sesiones. Por otro lado, mi psicóloga actual argumenta que mi comportamiento puede deberse a mi inquietud natural, a mis ganas de aprender, de conocer y de experimentar diversas facetas de la vida: ¡qué puedo decir yo!, no la voy a contradecir, ella es la experta.

Una buena razón por la que no deberías tocar gratis

Una buena razón por la que no deberías tocar gratis

“Lo barato sale caro” dice un conocido anuncio de televisión. “Es caro, así que debe valer la pena” decía mi abuelita. “Si tocas gratis nadie lo va a valorar” dirán muchos amigos músicos. Estas son frases que hemos escuchado, que tal vez hemos repetido, pero que nunca hemos puesto a prueba. ¿Qué tanto habrá de verdad en ellas?

El psicólogo Robert Cialdini nos narra en su libro “Influence” una historia muy interesante. Una vendedora de joyería hindú –amiga del autor– se encontraba muy preocupada porque un lote de alhajas de turquesa no se vendía, a pesar de que era el punto más alto de la temporada turística y los clientes abarrotaban su tienda. Ella consideraba que las piezas eran de buena calidad para los precios pedidos y por eso no se explicaba lo que ocurría. Intentó varias estrategias: cambió la ubicación de estas joyas a un sitio más visible pero no funcionó; instruyó a su personal para que ofrecieran estos artículos a los clientes y tampoco sirvió. La noche previa a salir de viaje, escribió decepcionada un recado a su jefa de ventas: “Toda la mercancía de esta vitrina – precio x 1/2” –a fin de cuentas era preferible perder algo de dinero que perderlo completamente–. Cuando la dueña regresó de su viaje, vió que –tal como lo había imaginado– las alhajas se habían vendido en su totalidad pero… no por la razón que ella pensaba. Sucedió que su empleada se equivocó al leer la nota que le dejó y en lugar de bajar los precios a la mitad los incrementó al doble y a partir de ese momento los turistas empezaron a adquirir las joyas hasta que la vitrina quedó vacía. (1) Sin haber modificado nada del producto, únicamente incrementando el precio, las piezas se habían vuelto más codiciadas: “El precio por sí solo se había convertido en un detonante de la calidad; y un aumento drástico del precio por sí solo había dado lugar a un aumento drástico de las ventas entre los compradores ávidos de calidad”. (2)

La explicación de este comportamiento de los compradores es que hay un principio –que aplicamos en todo momento– según el cual, a mayor precio, corresponde mayor calidad del producto o servicio. Ejemplos al respecto hay muchos. Supongamos que llegas a una estética, solicitas un corte de cabello y te ofrecen uno por 10 pesos y otro por 50 pesos, ¿cuál elegirías? Si actúas como la mayoría, pensarás que el corte de 10 pesos te lo hará una persona sin destreza –un aprendiz–, así que te decidirás por el que cuesta 50 pesos porque seguramente lo hará un experto.

De igual manera, una agrupación musical que cobre muy barato o, peor aún, que no cobre nada dará la impresión de que es un conjunto de aficionados. Y esto ocurrirá aunque la calidad del grupo y de los músicos sea buena, porque la elección de un producto sobre otro y la satisfacción que obtenemos de él no depende únicamente de las características intrínsecas del producto sino también, y en gran medida, de la forma como es presentado y del precio –como lo podría confirmar cualquier mercadólogo.

«Los factores externos, como el consumo de los pares y los actos de mercadotecnia, también pueden influir en la forma en que se experimenta un producto. El precio puede ser en sí mismo un factor de este tipo. Investigaciones recientes han demostrado que los individuos aprecian más el mismo vino cuando piensan que es más caro». (3)

A continuación describiré una de esas “investigaciones recientes”. A un grupo de personas se les invitó a degustar cinco vinos diferentes para que calificaran que tan agradable era su sabor. Se les dijo que los vinos eran Cabernet Sauvignons y no tendrían otra información al momento de probarlos más que el precio de cada uno de ellos. Pero aquí viene lo interesante del experimento: lo que los participantes no sabían era que no iban a probar cinco vinos, sino sólo tres vinos distintos, puesto que dos de ellos –el vino 1 y el vino 2– se administrarían en dos ocasiones, una vez con un precio alto y otra vez con un precio bajo. Los vinos se les presentarían de forma aleatoria al tiempo que verían la referencia del precio. “Por ejemplo, el vino 2 se presentó la mitad de las veces en 90 dólares, su precio de venta, y la mitad de las veces en 10 dólares. Por lo tanto, la tarea consistió en seis tipos de prueba: vino de $ 5 (vino 1), vino de $ 10 (vino 2), vino de $ 35 (vino 3), vino de $ 45 (vino 1), vino de $ 90 (vino 2) y solución neutral”. (4)

Por lo tanto, lo que se tendría que comparar en los resultados finales es la calificación de los vinos 1 y 2 al presentarse con precios altos y bajos, datos que se pueden observar en la siguiente gráfica. (5)

Grafica1
El eje vertical indica con números del 1 al 6 que tan placentero les pareció el vino. Los colores de las barras representan: el azul claro al vino 1, el verde al vino 2 y el azul oscuro al vino 3.

Aquí se ve que el mismo vino lo disfrutaron más cuando creían que su precio era mayor.

Como comprobación adicional, este experimento se repitió ocho semanas después pero esta vez los participantes bebieron los vinos sin ninguna indicación de precio.

Grafica2.jpg
Calificación de los vinos al probarlos sin indicador de precio.

Como se ve en la gráfica, prácticamente no hay diferencias entre los vinos que probaron de manera doble.

Al igual que en la historia de la joyería, la apreciación de la calidad del vino fue influída considerablemente por el precio que ostentaba.

Regresando a la música, se me ocurre un ejemplo al respecto. Supongamos que alguien me invita a ir a un concierto de rock. Es de un grupo desconocido para mí pero como no pagaré por el boleto decido ir. A punto de iniciar el concierto observo que el precio del boleto es muy elevado, y esto influye en que califique de forma positiva a los músicos, aún sin haber comenzado a tocar, porque “un grupo que cobra tanto no puede ser malo”. Sigue operando la regla implícita de “a mayor precio, mayor calidad”.

Yo sé que existen muchas agrupaciones musicales que no necesitan pago por su trabajo, como el conjunto de rock formado por jóvenes que son mantenidos por sus padres o el integrado por profesionistas de otras áreas cuyo pasatiempo es ir a tocar el fin de semana. Si tú formas parte de una agrupación de ese tipo sería recomendable que no dieras más presentaciones gratuitas, y no porque perjudiques a los músicos que sí viven de ello –lo cual, indudablemente, ocurre– sino porque estarás perjudicándote a ti mismo. Porque tu grupo podrá ser excelente –técnicamente impecable, creativo y original– pero si lo ofreces gratuitamente estarás mandando al público el mensaje opuesto.

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Notas

  1. Cialdini, 2007, pág. 1.
  2. Cialdini, 2007, pág. 4.
  3. Goldstein y otros, 2008, pág. 2.
  4. Plassmann y otros, 2008, pág. 1050.
  5. Plassmann y otros, 2008, pág. 1051.

Referencias

Cialdini, R. B. (2007). Influence: The psychology of persuasion: Robert B. Cialdini. New York: Collins.

Goldstein, R., Almenberg, J., Dreber, A., Emerson, J. W., Herschkowitsch, A., & Katz, J. (2008). Do More Expensive Wines Taste Better? Evidence from a Large Sample of Blind Tastings. Handbook of the Economics of Wine World Scientific Handbook in Financial Economics Series, 535-545.

Plassmann, H., Odoherty, J., Shiv, B., & Rangel, A. (2008). Marketing actions can modulate neural representations of experienced pleasantness. Proceedings of the National Academy of Sciences, 105(3), 1050-1054.

Las mujeres tienen la culpa de todo

Las mujeres tienen la culpa de todo

Era cerca del mediodía cuando mi madre entró a mi cuarto para despertarme. Yo contaba con once años y tenía permitido –siempre que no fuera día de escuela– continuar durmiendo hasta muy tarde. Abrí los ojos al escuchar los gritos de mi madre y vi que se acercaba hacia mí con claras intenciones de arrebatarme las cobijas pero las sujeté con fuerza al tiempo que le pedía “¡No, por favor, dame otros quince minutitos!”. Ella suspiró resignada, se sentó al lado de mi cama y comenzó a platicarme sus aventuras del día: venía de inscribir a mi hermano mayor al bachillerato del Instituto de Bellas Artes –una escuela en la que, a la par de las asignaturas acostumbradas, los alumnos cursaban todo un bloque de materias artísticas–. Pues, ¡chido, qué bien! –pensé– ¿ya puedo continuar durmiendo? Pero aún había más: ya entusiasmada, a mi madre se le había ocurrido apuntarme para presentar examen de aptitudes musicales en una escuela de iniciación artística. En ese momento no lo entendí muy bien, pero con tal de continuar acostado, le dije que estaba perfecto, que después platicaríamos del asunto y me di la vuelta para acomodarme en mi posición fetal favorita.

Siendo sincero, no recuerdo haberle dicho a mi madre que me interesaba la música. Luego, entonces, ¿por qué se le ocurrió inscribirme para dicho examen?… y ¿por qué a música y no a teatro, o artes plásticas? No lo sé, a tantos años de haber ocurrido, mis recuerdos de ello son muy nebulosos.

Lo que sí está muy claro en mi memoria es una escena de mi escuela, de cuando cursaba el sexto año de primaria. En el patio, a la hora del descanso, un muchacho canta y toca la guitarra en el centro de un nutrido grupo de compañeros que lo escuchan con absoluta atención. El cantante ejerce una suerte de hechizo: varias chicas no le quitan la vista de encima –a pesar de no ser físicamente agraciado– y hasta los hombres parecen admirarlo. Esta es la imagen, la escena en la que me hubiera gustado ser el personaje principal. Reconozco que ver aquello me provocó una considerable envidia pero también –ahora lo veo así– ese fue un momento de revelación. Había descubierto el motivo perfecto para presentar ese examen que mi madre me había impuesto: estudiaría música, aprendería a cantar, a tocar la guitarra, y lograría así que mis compañeros me apreciaran y que la muchacha de lindos chinos y ojos preciosos se acercara a hablarme y a pedirme que le cantara una canción. ¡Era un plan inmejorable!

Fue de esta forma que inició mi estudio de la música, y si a alguien hay que culpar de ello, es a mi madre –aunque también influyó en mí el deseo de atraer a las chicas por medio de dicho arte.

Después de algunos meses –en realidad, muchos… unos quince, o más– de fletarme estudiando solfeo y técnica elemental de guitarra, empecé a montar ciertas obras elegidas por mi profesor: unas pequeñas piezas de Carulli, la “Romanza Española” del prolífico compositor “Anónimo”, y de Johann Sebastian Bach, el Bourrée “Iném” –así le decía yo porque no sabía que “in Em” significaba “en Mi menor”–. Lamentablemente, este repertorio parecía ser de otro planeta para mis compañeras de la secundaria, quienes solían decirme “¿Te sabes la de ‘Quién te Cantará’?”, o me pedían “A ver, tócate la de ‘Wendolyn’, ¿sí?”, y me agobiaban solicitándome piezas que nunca querrían enseñarme en una escuela de tipo conservatorio. Algo no estaba funcionando: si para entonces yo ya era calificado como un chavo raro –era tímido e introvertido, flaco y bajo de estatura, usaba gruesos lentes y un fuerte acné tapizaba mi cara– después de mis lecciones de instrumento pasé a ganar el mote de “el guitarrista raro” porque tocaba una música bien pinche extraña.

Mi plan original había fallado, pero aún así –tal vez por la simple inercia o tal vez porque advertía cierto gozo– decidí continuar mis estudios musicales. Con el paso del tiempo cambié la guitarra por el piano, y la escuela de iniciación por la Escuela Nacional de Música.

Creo que fue en mi segundo año en esta nueva escuela cuando ocurrió un hecho importante para mi apreciación del arte musical. Faltaban unos quince minutos para el inicio de la clase de solfeo y varios alumnos esperábamos en el aula la llegada del profesor. De manera espontánea, se me ocurrió acercarme al piano para mostrar –“presumir” podría ser una palabra más adecuada– lo que había logrado en las últimas semanas; así que me senté en el banco y empecé a tocar la “Invención a dos voces en Fa mayor” del dios Bach. Casi de inmediato se acercó una compañera a escucharme, apoyó sus codos sobre el piano, entrelazó los dedos de sus manos y sobre ellas posó su barbilla. Sin dejar de tocar, la miré de reojo y vi que… ¡era hermosa!… sus ojos… su boca… sus… ¡Ups!, tanta distracción había tenido consecuencias: dos notas falsas se escabulleron de mis dedos y dos más cayeron fuera de tiempo, pero aparenté que no había pasado nada y pude continuar con la pieza hasta terminarla. No había sido una gran interpretación… pero eso no importaba porque la chica y yo ya estábamos conversando: de las dificultades pianísticas, de la polifonía de Bach, de ciertas técnicas de estudio y… no sé de qué tanto más. Nuestra plática fluía, se hacía cada vez más personal y hasta se reía de mis forzados chistes. Ahora sí lo estaba logrando.

Entonces, súbitamente, del fondo del salón nos llegó el sonido de un fuerte trémolo tocado en el viejo piano, le siguió un ostinato en las notas graves y en el registro medio varios acordes rarísimos –totalmente alejados de las simples triadas que nos enseñaban en la clase de armonía– se insertaban sincopadamente. El compañero que así tocaba, alzaba continuamente la vista del teclado para mirar a su audiencia, sonreía y giraba su cabeza hacia diferentes puntos del salón como para advertir la impresión que estaba causando. En cuestión de segundos, un círculo de admiradores se había creado alrededor de él y hasta la chava con quien animadamente conversaba se despidió de mí para ir a formar parte de aquel grupo.

En aquel tiempo yo no lo sabía, pero lo que sonaba mi compañero era una pieza de boogie-woogie –un estilo pianístico muy cercano al blues y al rock and roll–. Siguió con algo de música del pianista Richard Clayderman –quien estaba muy de moda en la radio– y después tocó el tema de la película “Castillos de hielo”, pieza que le produjo numerosos halagos y alabanzas de las féminas. La llegada del profesor vino a interrumpir aquel improvisado concierto, pero al terminar la clase me acerqué a mi compañero para preguntarle si tenía partituras de lo que había tocado. Llevaba fotocopiada la de “Castillos de hielo”, me la mostró y me dijo “Si quieres, quédate con ella, yo tengo el original en casa”. Tomé las copias y le dí las gracias.

Una mirada a la partitura me bastó para notar que no era de gran dificultad y que con pocos días de estudio podría aprendérmela. Si mi deseo era llamar la atención a través de la música, en esta pieza y en este estilo estaba la clave de lo que tenía que tocar. Sin embargo, me inundaba una sensación de incomodidad: me costaba creer que incluso en esta escuela conservatoriana, la música popular –esto es, toda aquella música que se componía, producía y difundía fuera de estos recintos– tuviera tanta atracción como para hacer que una obra de Bach pasara inadvertida. Fue inevitable pensar en todo el tiempo invertido para montar la Invención de Bach –varios días para aprender las líneas melódicas y semanas para coordinar las dos manos–, y aunque el resultado musical me satisfacía, las circunstancias y mis objetivos primarios me pedían que me adentrara en el terreno de la música popular.

Nunca estudié la partitura que me obsequió mi compañero porque, en realidad, la primer pieza que interpretó era la que me había impactado. Así que pregunté e investigué sobre ese estilo pianístico hasta encontrar un libro con piezas y ejercicios que estudié y practiqué con fervor.

A partir de entonces, cada vez que en la escuela veía un piano desocupado, aprovechaba para sentarme y tocar licks de blues y algunas vueltas de boogie-woogie, lo que invariablemente provocaba que mis compañeros se acercaran a escucharme y me preguntaran qué diablos estaba tocando. Para mi desgracia, mi profesor de piano se enteró pronto de mi nueva práctica y después de propinarme un extenso sermón me prohibió categóricamente que volviera a tocar “esas músicas profanas”. Si quería continuar tomando clases con mi profesor era indispensable obedecerle, así que no tuve otra opción más que olvidarme de los géneros populares.

Me concentré así en la técnica y el repertorio clásico del piano y durante los siguientes años fui mejorando de manera sostenida. Sin darme cuenta, había llegado a la mayoría de edad y continuaba en la música, y era ya el momento –a punto de terminar la preparatoria– de decidir si abrazaría la profesión musical o abandonaría para seguir una “carrera seria”. Fue entonces que un compañero, estudiante de composición, me invitó a tocar los teclados en una banda de rock que estaba formando. Mi respuesta inmediata fue un rotundo “no”: yo no sabía tocar rock –aunque lo escuchara ocasionalmente en la radio– y no conocía ni una pizca de improvisación, ya que mis años dentro de la academia me habían acostumbrado a no tocar nada que no estuviera en una partitura. Él me explicó que las piezas eran de su autoría, que me daría partituras de todo y que con el tiempo aprendería a improvisar: punto a su favor. Pero luego le argumenté que la imagen que yo tenía de los rockeros –la misma imagen que era difundida por prensa y televisión– no me agradaba demasiado. Eso de tener la greña larga y vestirse de forma extravagante no era para mí; me parecía absurdo eso de prenderle fuego a la guitarra y destruir a patadas la batería; y tampoco estaba dispuesto a estar saltando en el escenario, tocando un acorde y dando tres brincos –no podría hacerlo ni aunque quisiera. Además, había otros excesos muy conocidos de los rockeros: el uso abundante de alcohol y drogas, sus monumentales fiestas, las mujeres dispuestas a brindarles favores sexuales a la primera oportu-… espera… ¿qué? … ¡mujeres!

Advertí que había buenas razones para aceptar la propuesta: sería interesante darme esa oportunidad, vivir una nueva experiencia –como dice ese enfadoso cliché: “salirme de mi zona de confort”–, sería la perfecta ocasión para aplicar mis viejos licks de blues y hasta podría ayudarme a mejorar mis habilidades sociales –¿no era eso lo que me recomendaría mi psicóloga?–. Total, que al final de un largo y profundo análisis, decidí entrar a mi primer grupo de rock.

Tras meses de ensayos, llegó el día de nuestro debut en un centro cultural del sur de la ciudad. Después de una extenuante prueba de audio, nos agrupamos en el camerino para descansar un poco, en lo que se abrían las puertas al público. No pasaron ni quince minutos cuando recibimos la señal y subimos al escenario: unos escasos y tímidos aplausos nos acompañaron en el camino hacia nuestros instrumentos. El baterista marcó dos compases y comenzamos.

Mientras le daba con entusiasmo a mis teclados, me esforzaba por mantener contacto visual con mis compañeros –sobre todo en las partes complicadas y en los unísonos de las piezas– pero también trataba de mirar a los espectadores, aunque era difícil ver con claridad a la gente envuelta en la penumbra, percibiéndose únicamente una masa oscura que a veces se movía con lentitud como si fuera una amiba. No voy a hacer una reseña del concierto pero sí diré que el público se portó amable y cálido con nosotros, aplaudiendo con ganas a una serie de canciones desconocidas –que, además, contenían grandes secciones instrumentales– y festejando los malabares del baterista y los solos de guitarra y bajo. Al finalizar la última pieza, mientras la gente nos aplaudía, los cinco integrantes nos acercamos al proscenio para agradecer. Se encendieron en su totalidad las luces del teatro y por fin pude ver a la audiencia: mi vista recorrió las butacas, de izquierda a derecha y del frente hacia el fondo, tratando de encontrar un rostro conocido, y ahí me di cuenta que…

–Oye, no hay nada de chavas, hay puros hombres –me dijo el bajista.

–¡Sí, caray!, es lo que estoy viendo –contesté, siguiendo mi exploración del público–. Por ahí había algunas. Mira, ahí hay dos, al extremo de la segunda fila, vienen con faldita de mezclilla.

–Ah, ya las ví. ¡Órales, están bien piernudas!

–¡Ya los escuché, güeyes! ¡Tranquilos, que son mi mamá y mi hermana! –nos gritó ofendido el vocalista.

Terminaron los aplausos. Mientras la concurrencia abandonaba el recinto, nos dirigimos a desconectar instrumentos y equipo. Ahí le pregunté al líder de la banda:

–Oye, ¿qué es lo que pasó aquí? ¡El noventa por ciento del público eran hombres!

–Sí, así es esto del rock progresivo, como que no le atrae mucho a las mujeres –me contestó–. Tendrás que irte acostumbrando porque así va a ser siempre.

–¿En serio? ¡No puede pasarme esto de nuevo! –exclamé afligido–. Yo que creía que íbamos a estar rodeados de mujeres pidiéndonos autógrafos y qué iba a salir de aquí con una groupie a cada lado.

–¡Uy, no!, ¡cómo crees! Si conocieras a los fans del rock progresivo… ellos se reúnen regularmente para hablar de música y presumirse sus discos que les llegaron de Europa o las fotos que se tomaron junto a sus ídolos… Bueno, pues en esas reuniones no verás ni una sola mujer, ¡puro cabrón!, un verdadero club de Toby.

–Oye, ¿y si cambiamos nuestro estilo?, ¿si en lugar de rock progresivo tocamos heavy metal o punk? Seguro que ahí no pasa lo mismo –agregué inocentemente.

Mi compañero sonrió, movió la cabeza de un lado a otro, y me dijo:

–Mira, ahí te va para que te animes: hay una amiga que nos va a entrevistar para la estación de radio de su universidad. Está preciosa la chavita, tú la vas a ver; nomás porque es amiga de mi novia no he intentado nada, porque si no… No tarda en venir para acá. La voy a dejar con ustedes para que los entreviste mientras voy a ver lo del transporte.

Era cierto, estaba bien linda la muchacha: grandes ojos negros y hermosos hoyuelos –y aparte era chaparrita, como para mí–. Nos preguntó sobre el concepto de rock progresivo, cuáles eran nuestras influencias, cómo nos inspirábamos, cómo veíamos la escena nacional y demás. Mis compañeros contestaron mostrando buen conocimiento del tema mientras yo permanecía callado porque no tenía nada interesante que aportar. La aspirante a periodista tomó una pausa para revisar una libreta –supongo que ahí tenía sus preguntas o algún guión– y luego dijo “Por último, chicos, cuéntenme: ¿por qué decidieron dedicarse a la música?”, y movió su grabadora de un lado a otro hasta que la estacionó frente a mí.

–Mmm… este… ¿por qué decidí dedicarme a la música?– repetí lentamente para darle tiempo a mi cerebro de carburar.

¡Mi mente estaba en blanco! No tenía idea de qué responder, porque… ¿Qué le podía decir?: ¿que estudié esto para hacerme visible a las mujeres?, ¿que quería usar la música como las aves que usan sus cantos para obtener una pareja?, ¿que la música era para mí como el abanico de plumas que porta el pavo real?

Pero no había de otra, tenía que hablar pronto, ¡ya, como fuera! Y cuando la chica estaba a punto de dirigirse a alguien más empezaron a brotar las palabras.

–Pues… por… la pasión, ¿no? ¡Sí, eso, la pasión!…, la pasión que uno siente por la música. La música te permite algo así como… ir a tu interior, como reconectarte… con tu esencia, ¿no?… Como que hay algo aquí adentro que quiere salir para ser compartido con todos, ¿verdad? Es algo… que se siente, no tienes que pensarlo, lo traes o no lo traes, ¿estás de acuerdo? Porque uno nace con esto, ¿sabes?, porque uno no escoge esta carrera, es la música quien lo escoge a uno, uno sólo es un medio, ¿no?… uno es como el portavoz de un gran mensaje que a través de la música debes de transmitir al mundo… Porque el músico no está en el escenario para entretener al oyente, tiene que incomodarlo, perturbarlo… porque un músico auténtico y honesto procurará sacarte de tu conformismo para… para que a la consciencia del público llegue esa energía que el músico toma del universo…, con ese mensaje que le es dictado a uno por un ser supremo que te utiliza con tus pocas o muchas habilidades… con ese talento que se nos regaló, que uno no pidió pero que te compromete a usarlo para hacerle llegar a la gente una verdad divina y transmitirle así vibraciones positivas a toda la humanidad.

Silencio. Enorme silencio. Mis compañeros me miraban pasmados: evidentemente, no podían creer lo que habían escuchado. Yo tampoco lo creía: había arrojado una serie defrases gastadas más palabrería motivacional y religión new age, aderezado con buena dosis de términos de moda. No era yo quien había hablado: tal vez fueron las revistas de rock y los programas de espectáculos que vi en la semana quienes ejercieron su influjo sobre mí. ¡Qué vergüenza!, ¿qué iba a pensar nuestra entrevistadora? Ella también estaba atónita: con sus ojos abiertos al máximo y sus gruesos labios entreabiertos en expresión de asombro, seguro pensaría que yo era un tipo descerebrado al proferir tantos tontos tópicos. Lo había echado a perder nuevamente.

Entonces escuché un suave golpeteo, una percusión rítmica que sólo pude reconocer cuando creció en intensidad: era el chocar de palmas de mis compañeros que, coordinado con el balanceo de sus cabezas de arriba hacia abajo, mostraban su aprobación a mi trillado discurso. “¡Muy bien!”, exclamó el bajista; “¡bravo!”, dijo el vocalista; “¡así se habla!”, añadió el baterista. Y ella, ahora brindándome una sonrisa infinita, se unía a ellos en sus aplausos y elogios.

–¡Perfecto!, ¡muy bien!, ¡excelente! Muy bellos pensamientos. Con esto podremos cerrar la entrevista con broche de oro –dijo ella mientras guardaba su libreta y su grabadora.

La chica se despidió de cada uno con un beso en la mejilla. Mi vista siguió su atractiva silueta mientras se alejaba. Luego se detuvo. Volvió sobre sus pasos, dirigiéndose hasta donde me encontraba y me dijo:

–Se me ocurre que… tal vez te gustaría checar como queda la edición de la entrevista antes de que salga al aire –y me extendió su mano con una tarjeta–, por si hubiera algo que quisieran cambiar.

–Eh… sí, claro, por supuesto, me… me encantaría checarlo. Sí, claro que sí.

–Márcame el lunes por la noche para decirte como va todo y ahí nos ponemos de acuerdo.

–Va que va. ¡Gracias!

Le dí la mano jalándola hacia mí para plantarle otro beso en la mejilla y agradecerle con un apretado abrazo. Ella me regaló otra sonrisa y un “hasta pronto” y se marchó.

Suspiré. Había sucedido. La música lo había logrado.

******************

En este momento me hallo ante el dilema de elegir la profesión que seguiré. Cuando me preguntan al respecto, contesto en automático que estudiaré la carrera de piano, pero en realidad las dudas me abruman –hasta he llegado a pensar en dejar la música clásica para dedicarme por completo al rock.

Mis compañeros del grupo, al recordar nuestra entrevista, me aconsejan que estudie locución u oratoria, y tal vez por eso es que se me ocurrió Ciencias de la Comunicación –carrera que, casualmente, rebosa en estudiantes del género femenino–. Tengo todavía algunas semanas para resolverlo, pero cualquiera que sea mi elección seguramente será tomada de forma razonada, basada en el análisis y en la reflexión –como acostumbro hacer siempre con cada decisión importante en mi vida.

 

 

 

Ojos que escuchan: el aspecto visual de la música

Ojos que escuchan: el aspecto visual de la música

Era la segunda vez que asistía a un concierto de este grupo de rock. Nunca me había gustado esta banda pero estar aquí acompañando a mi novia representaba para ella una irrefutable “prueba de amor”. Sus canciones no me atraían y la voz del vocalista era insufrible pero al menos los demás integrantes se defendían bien en sus instrumentos, en especial el nuevo baterista, que era preciso, muy musical, sabía cuándo tenía que acompañar solamente y cuándo podía ser el protagonista. Al comentar esta impresión a mi futuro cuñado —quien era todo un experto en el grupo—, él mostró su desacuerdo de inmediato.

—No, este no me gusta nada. ¡Míralo, ahí está con su carota de malhumorado!

—¿Cuál malhumorado? Está concentrado en lo que toca.

—Bueno… está muy serio, como si no disfrutara tocar. En cambio, el anterior sonreía, movía su cabellera, jugaba con sus baquetas y hasta cerraba los ojos cuando le daba bien fuerte a los tambores.

—¿Y eso qué tiene que ver? —dije con sorpresa—. ¡Lo importante es lo que tocaba! Y ese baterista se equivocaba a cada rato, cambiaba la velocidad a la mitad de la rola y tocaba siempre en fortísimo como si fuera la estrella del grupo.

—¡No, no, no! El anterior era mucho mejor. A éste le falta “filin”.

—¿”Filin”?… ¡No ma…!

Ya no pude dar mi réplica: nuestras novias nos exigieron silencio y hasta amenazaron con cambiarse de lugar si no nos callábamos. Teníamos que obedecer.

Discusiones de este tipo han ocurrido regularmente en diferentes puntos de mi vida. En un grupo de rock en el que toqué hace más de quince años, mis compañeros alababan al bajista porque al tocar se la pasaba brinque y brinque –moviendo sus rastas al ritmo de la música– pero no se daban cuenta de que a menudo iba atrás del tempo del baterista y en los puntos medulares de las piezas siempre daba una nota falsa. Puedo entender los comentarios de mi cuñado, puesto que él no es músico, pero mis compañeros de grupo sí lo eran, ¿cómo era posible que no lo escucharan?

Era fácil advertir que nuestro desacuerdo se debía a que estábamos hablando de cosas diferentes: yo me centraba exclusivamente en la música –la parte auditiva– pero ellos se referían al aspecto visual –la proyección escénica y demás–. De alguna forma, su vista debía de estar influyendo en su valoración de lo que escuchaban, posibilidad que me hacía plantearme dos preguntas. Primera: ¿es posible qué se juzgue la calidad de un músico por cómo se ve y no por cómo se oye?; y segunda: si a mi compañero bajista lo hubieran escuchado tocar pero sin tener oportunidad de verlo, ¿habría cambiado la percepción de los observadores? –sin duda, un interesante experimento por realizar.

Afortunadamente ya existen investigaciones acerca de ello y, a modo de muestra, explicaré uno de los experimentos realizados. Grabaciones de cantantes interpretando una pieza, se les mostraron a 82 músicos –estudiantes y maestros–, pero cada uno de ellos las observó exclusivamente en una de tres formas: sólo el audio, sólo el video, o el video con audio. Los participantes en la modalidad de “sólo-video” evaluaron el atractivo de los cantantes, mientras que los otros dos grupos evaluaron la calidad de la interpretación. Resultó que los cantantes masculinos calificados como más atractivos en el grupo de “sólo-video” fueron también calificados más alto en interpretación por el grupo de modalidad audiovisual, pero no ocurrió así en el grupo que escuchó sólo el audio – resultado que, curiosamente, se dio tanto en las calificaciones dadas por los estudiantes como con las de los profesores.(1)

Debo admitir que esto me pareció algo descabellado: ¿cómo va a ser posible que la buena apariencia de un intérprete te haga pensar que toca mejor de lo que en realidad se escucha? Sin embargo, algo similar ocurre en ámbitos fuera de la música: suele ocurrir que, si vemos que un orador es atractivo lo juzguemos más favorablemente que a alguien que no lo es. El psicólogo Daniel Kahneman nos cuenta que “si, por ejemplo, pensamos que un jugador de béisbol es apuesto y atlético, es probable que asimismo lo consideremos bueno lanzando la pelota” y por el contrario “si pensamos que un jugador es feo, es probable que subestimemos su capacidad atlética” (2). Este comportamiento, que ha sido ampliamente investigado, se bautizó como “efecto halo” y se puede definir como “…una tendencia a generalizar una impresión favorable a características personales no relacionadas. Por ello, asumimos que las personas atractivas también son simpáticas, inteligentes, cálidas, ingeniosas, mentalmente sanas y socialmente competentes”. (3)

No pude evitar recordar el caso de una baterista muy famosa en Youtube: una muchacha joven, simpática, bonita, con un nivel de ejecución promedio –es decir, bueno, pero nada extraordinario– y que, sin embargo, era calificada por los internautas como el gran prodigio mundial de la batería. Probablemente la belleza de esta chica le creaba un halo que la hacía parecer mucho más competente de lo que en realidad era.

En este momento, aunque me complace ir entendiendo la influencia de lo visual en la música, me invade también una sensación de desconcierto, ya que el no ser físicamente agraciado significa que tendré que luchar contra estos prejuicios que cargamos todos en el inconsciente: ¿que nos queda, pues, a “nosotros, los feos”?

El mismo Wapnick y sus colaboradores –autores del experimento antes descrito– me brindan cierta respuesta: “Asimismo, no está claro exactamente qué es el atractivo. Además de las características físicas de una persona, el atractivo puede depender de lo que esa persona esté vistiendo o de cómo se comporte”. (4)

En efecto, si las personas consideran que el intérprete está apropiadamente vestido, sus puntos se incrementarán (5). Y en cuanto al comportamiento en el escenario, ayudará mucho que el músico sonría con frecuencia y que mantenga contacto visual con el público (6). De la misma manera en que catalogamos a las personas en unos segundos, así también nos formamos una opinión del músico desde el momento en que este pisa las tablas. (7) Aspectos como entrar resueltamente al escenario y el tamaño de los pasos que utiliza, la frecuencia con que inclina la cabeza hacia la audiencia y la dirección de su mirada, y la elección de un porte corporal que transmita confianza, parecen ser de mucho peso para que el músico se gane al público sin siquiera haber tocado una nota. (8)

Todo esto me va aclarando muchas cosas, pero aún hay algo que no me cuadra: aquel bajista de mi grupo de rock era harto feo y su vestimenta era de lo más descuidada –para nada se podía considerar atractivo–; entonces, ¿que era lo que podría ocurrir en ese caso?

Investigando un poco, descubro que hay una serie de elementos visuales que pueden ayudar a la mejor comprensión de la música. Para empezar, el observar los movimientos de los labios de un cantante aumenta el entendimiento de la letra de la canción hasta en un 18 por ciento. (9) Pero lo siguiente me parece más importante: las emociones que pretende transmitir el intérprete al tocar se pueden entender con sólo atender a sus movimientos –¡sin necesidad siquiera de escucharlo!– (10), de tal forma que un oyente inexperto podría entender mejor la intención de un pasaje musical con el apoyo de lo que observa en el ejecutante. Los investigadores Dahl y Friberg “… analizaron cómo los patrones de movimiento varían en función de las intenciones expresivas, encontrando que los intérpretes utilizan movimientos lentos y suaves para transmitir tristeza, movimientos grandes y rápidos para la felicidad y movimientos bruscos para la ira”. (11)

Existen movimientos que pueden subrayar la intensidad de la música: como cuando un saxofonista alza la campana de su instrumento al tocar una nota en fortísimo (12) o cuando el guitarrista cierra los ojos y hace una cara de gran esfuerzo al empujar una cuerda hacia arriba para llegar a una nota más aguda. Estas caras y gestos de los músicos, aunque no tienen ninguna influencia en la producción del sonido, sí pueden contribuir a una mejor comprensión musical del escucha.

También hay, por supuesto, algunas convenciones culturales: esperamos, por lo general, que un músico de rock baile al momento de tocar –no así, un intérprete de música clásica–, y que los integrantes del grupo de cumbia realicen cierta coreografía o algún movimiento coordinado entre todos ellos. Tan importantes son estos movimientos que, si llegan a faltar, el espectador llega a pensar que se toca sin entusiasmo, sin pasión o sin energía –aunque la música producida esté llena de expresividad y emoción–, como lo ejemplifican las siguientes palabras de los violinistas Itzhak Perlman e Ivry Gitlis al alabar la interpretación de su colega Jascha Heifetz:

Perlman: “Recuerdo que tras oírle tocar no pude cerrar la boca en una semana. No podía creer lo que estaba oyendo. Y él, por supuesto, tenía un aspecto impasible en el escenario. No se movía mucho, sólo lo necesario. Y yo creo que es por ello que la gente decía que era desapasionado.”

Gitlis: “Decían que Heifetz carecía de pasión. ¡Cierren los ojos y escuchen!” (13)

Regresando a mis experiencias que narré al principio, tengo que admitir que mi compañero bajista estaba utilizando espléndidamente los recursos visuales –aunque, posiblemente, no fuera consciente de ello– para acentuar aspectos estructurales y emotivos de la música, y que cumplía perfectamente con las expectativas del público de rock de ver un ejecutante animado y con mucha expresión corporal. Y lo mismo puedo decir del baterista que impresionó tanto a mi cuñado con los elementos visuales hasta el grado de reemplazar la parte auditiva. Pero estas dos historias me hacen ahora preguntarme: ¿influyen de igual manera los aspectos visuales en el público que es músico como en el que no es músico?

En un experimento se usaron participantes músicos y no-músicos para evaluar una interpretación musical, pero –en este momento ya lo podrán adivinar– algunos lo hicieron en la modalidad de “sólo audio” y otros en el modo audiovisual. Los resultados arrojaron que los no-músicos calificaban más alto al intérprete cuando lo veían que cuando sólo lo escuchaban, lo que apunta a que en ellos “el impacto de las señales visuales agregadas fue tan grande como para cambiar su evaluación de toda la interpretación». Y por lo tanto “esto sugiere que los no-músicos que asisten a un concierto, y que presumiblemente escuchan y ven la actuación, pueden basar su juicio más en lo que ven que en lo que escuchan”. (14)

Después de leer tantos papers y consultar tantos libros, es casi una obligación utilizar este conocimiento en mi labor musical. Se me ocurre que podría analizar los videos que tengo de mis conciertos –tal vez con el audio apagado– y podría cursar un taller de teatro para mejorar mi expresión escénica. También tengo que comprometerme a vestir mejor para mis conciertos –un aspecto que siempre he descuidado– e intentar sonreír más en el escenario para hacerme ver más guapo… bueno… en la medida de lo posible… tampoco vamos a esperar milagros, ¿verdad?


Notas

  1. Wapnick y otros, 1997.
  2. Kahneman, 2012, págs. 261 y 262.
  3. Lorenzo, Biesanz y Human, 2010, citados en Coon, Mitterer, 2014, pág. 590.
  4. Wapnick y otros, 1997, pág. 477.
  5. Wapnick , Mazza y Darrow, 2000, pág. 324.
  6. Lehmann, Sloboda y Woody, 2007, pág. 167.
  7. Platz, 2013, pág. 349.
  8. Platz y Kopiez, 2013, pág.167.
  9. Hidalgo-Barnes y Massaro, 2007.
  10. Huang y Krumhans, 2011, pág. 346.
  11. Schutz, 2008, pág. 97.
  12. Parncutt y McPherson, 2002, pág. 242.
  13. Monsaingeon, 2001, min. 25:45.
  14. Huang y Krumhans, 2011, pág. 362.

Referencias

Coon, D., & Mitterer, J. O. (2014). Psychology: A journey. Belmont, CA: Wadsworth, Cengage Learning.

Hidalgo-Barnes, M., & Massaro, D. W. (2007). Read my lips: An animated face helps communicate musical lyrics. Psychomusicology: A Journal of Research in Music Cognition, 19(2), 3-12.

Huang, J., & Krumhansl, C. L. (2011). What does seeing the performer add? It depends on musical style, amount of stage behavior, and audience expertise. Musicae Scientiae, 15(3), 343-364.

Kahneman, D. (2012). Pensar rápido, pensar despacio. Mexico: Debolsillo Mexico.

Lehmann, A. C., Woody, R. H., & Sloboda, J. A. (2007). Psychology for musicians understanding and acquiring the skills. Oxford: Oxford University Press.

Monsaingeon, B. (Director). (2001). The art of violin = Lart du violon = Die Kunst des Geigenspiels = El arte del violín = Larte del violino [Motion picture on DVD]. U.S.A.: NVC Arts.

Parncutt, R., & McPherson, G. E. (2002). The science and psychology of music performance creative strategies for teaching and learning. Oxford: Oxford University Press.

Platz, F., & Kopiez, R. (2013). When the first impression counts: Music performers, audience and the evaluation of stage entrance behaviour. Musicae Scientiae, 17(2), 167-197.

Schutz, M. (2008). Seeing Music? What musicians need to know about vision. Empirical Musicology Review, 3(3), 83-108.

Wapnick, J., Darrow, A. A., Kovacs, J., & Dalrymple, L. (1997). Effects of Physical Attractiveness on Evaluation of Vocal Performance. Journal of Research in Music Education, 45(3), 470-479.

Wapnick, J., Mazza, J. K., & Darrow, A. A. (2000). Effects of Performer Attractiveness, Stage Behavior, and Dress on Evaluation of Childrens Piano Performances. Journal of Research in Music Education, 48(4), 323-335.

 

Rock en Resistencia: Pioneros del Rock Progresivo Mexicano

Rock en Resistencia: Pioneros del Rock Progresivo Mexicano

Con gran gusto es que te presento esta serie documental sobre los pioneros del rock progresivo en México, un género que ha sido ignorado por la mayoría de los profesionales que escriben sobre el rock mexicano. Sólo unos pocos, como David Cortés, se han dedicado al estudio serio de esta corriente musical en nuestro país (aquí puedes revisar la reseña que hice de su libro El otro rock mexicano) y por eso es que pensé en hacer este pequeño aporte al conocimiento de esta música.

En esta serie de cinco capítulos que conforman la primera temporada podrás escuchar la opinión y las ideas de músicos mexicanos de rock progresivo que desarrollaron principalmente su trabajo en las décadas de los setenta y ochenta –aunque todos ellos continúan activos dentro de la música. No será la visión de los críticos o teóricos del rock, sino de las personas que realmente vivieron el proceso de creación y difusión de esta música. Tampoco se pretende dar una historia detallada de las agrupaciones en las que tocaron estos músicos sino un recuento de las experiencias vividas y de las dificultades encontradas en el ambiente rockero y musical de México.

Se discutirán, entre otros temas:

Características musicales del rock progresivo.
Grabación y distribución de los discos.
Compañías discográficas o independencia.
Difusión del rock progresivo en los medios de comunicación.
La crítica del Rock Progresivo.
Valoración internacional de las bandas mexicanas de progresivo.

Y los músicos entrevistados en esta serie son:

Armando Suárez, bajista y compositor en Nuevo México, Al Universo y Chac Mool.
Víctor Baldovinos, baterista en Iconoclasta, Govea, La Piel, El Templo del Dinero.
Juan Carlos Ruiz, fagot y composición en Nazca, Culto sin Nombre, Arteria.
Miguel Caldera, baterista en Un Siglo Después y Nobilis Factum.
Walter Schmidt, bajista y compositor en Decibel, Size y Casino Shangai.

Te dejo aquí el primer capítulo de la serie, dedicado a Armando Suárez,  y te invito a dejar tus comentarios y compartirlo con quien creas que pueda interesarle.

¡Gracias por tu visita!

Salvador Govea
Producción y Dirección

Julio Salinas
Fotografía y Cámaras

Andrei Castro
Edición y Posproducción

Ciudad de México, México
MMXVIII