Ojos que escuchan: el aspecto visual de la música

Ojos que escuchan: el aspecto visual de la música

Era la segunda vez que asistía a un concierto de este grupo de rock. Nunca me había gustado esta banda pero estar aquí acompañando a mi novia representaba para ella una irrefutable “prueba de amor”. Sus canciones no me atraían y la voz del vocalista era insufrible pero al menos los demás integrantes se defendían bien en sus instrumentos, en especial el nuevo baterista, que era preciso, muy musical, sabía cuándo tenía que acompañar solamente y cuándo podía ser el protagonista. Al comentar esta impresión a mi futuro cuñado —quien era todo un experto en el grupo—, él mostró su desacuerdo de inmediato.

—No, este no me gusta nada. ¡Míralo, ahí está con su carota de malhumorado!

—¿Cuál malhumorado? Está concentrado en lo que toca.

—Bueno… está muy serio, como si no disfrutara tocar. En cambio, el anterior sonreía, movía su cabellera, jugaba con sus baquetas y hasta cerraba los ojos cuando le daba bien fuerte a los tambores.

—¿Y eso qué tiene que ver? —dije con sorpresa—. ¡Lo importante es lo que tocaba! Y ese baterista se equivocaba a cada rato, cambiaba la velocidad a la mitad de la rola y tocaba siempre en fortísimo como si fuera la estrella del grupo.

—¡No, no, no! El anterior era mucho mejor. A éste le falta “filin”.

—¿”Filin”?… ¡No ma…!

Ya no pude dar mi réplica: nuestras novias nos exigieron silencio y hasta amenazaron con cambiarse de lugar si no nos callábamos. Teníamos que obedecer.

Discusiones de este tipo han ocurrido regularmente en diferentes puntos de mi vida. En un grupo de rock en el que toqué hace más de quince años, mis compañeros alababan al bajista porque al tocar se la pasaba brinque y brinque –moviendo sus rastas al ritmo de la música– pero no se daban cuenta de que a menudo iba atrás del tempo del baterista y en los puntos medulares de las piezas siempre daba una nota falsa. Puedo entender los comentarios de mi cuñado, puesto que él no es músico, pero mis compañeros de grupo sí lo eran, ¿cómo era posible que no lo escucharan?

Era fácil advertir que nuestro desacuerdo se debía a que estábamos hablando de cosas diferentes: yo me centraba exclusivamente en la música –la parte auditiva– pero ellos se referían al aspecto visual –la proyección escénica y demás–. De alguna forma, su vista debía de estar influyendo en su valoración de lo que escuchaban, posibilidad que me hacía plantearme dos preguntas. Primera: ¿es posible qué se juzgue la calidad de un músico por cómo se ve y no por cómo se oye?; y segunda: si a mi compañero bajista lo hubieran escuchado tocar pero sin tener oportunidad de verlo, ¿habría cambiado la percepción de los observadores? –sin duda, un interesante experimento por realizar.

Afortunadamente ya existen investigaciones acerca de ello y, a modo de muestra, explicaré uno de los experimentos realizados. Grabaciones de cantantes interpretando una pieza, se les mostraron a 82 músicos –estudiantes y maestros–, pero cada uno de ellos las observó exclusivamente en una de tres formas: sólo el audio, sólo el video, o el video con audio. Los participantes en la modalidad de “sólo-video” evaluaron el atractivo de los cantantes, mientras que los otros dos grupos evaluaron la calidad de la interpretación. Resultó que los cantantes masculinos calificados como más atractivos en el grupo de “sólo-video” fueron también calificados más alto en interpretación por el grupo de modalidad audiovisual, pero no ocurrió así en el grupo que escuchó sólo el audio – resultado que, curiosamente, se dio tanto en las calificaciones dadas por los estudiantes como con las de los profesores.(1)

Debo admitir que esto me pareció algo descabellado: ¿cómo va a ser posible que la buena apariencia de un intérprete te haga pensar que toca mejor de lo que en realidad se escucha? Sin embargo, algo similar ocurre en ámbitos fuera de la música: suele ocurrir que, si vemos que un orador es atractivo lo juzguemos más favorablemente que a alguien que no lo es. El psicólogo Daniel Kahneman nos cuenta que “si, por ejemplo, pensamos que un jugador de béisbol es apuesto y atlético, es probable que asimismo lo consideremos bueno lanzando la pelota” y por el contrario “si pensamos que un jugador es feo, es probable que subestimemos su capacidad atlética” (2). Este comportamiento, que ha sido ampliamente investigado, se bautizó como “efecto halo” y se puede definir como “…una tendencia a generalizar una impresión favorable a características personales no relacionadas. Por ello, asumimos que las personas atractivas también son simpáticas, inteligentes, cálidas, ingeniosas, mentalmente sanas y socialmente competentes”. (3)

No pude evitar recordar el caso de una baterista muy famosa en Youtube: una muchacha joven, simpática, bonita, con un nivel de ejecución promedio –es decir, bueno, pero nada extraordinario– y que, sin embargo, era calificada por los internautas como el gran prodigio mundial de la batería. Probablemente la belleza de esta chica le creaba un halo que la hacía parecer mucho más competente de lo que en realidad era.

En este momento, aunque me complace ir entendiendo la influencia de lo visual en la música, me invade también una sensación de desconcierto, ya que el no ser físicamente agraciado significa que tendré que luchar contra estos prejuicios que cargamos todos en el inconsciente: ¿que nos queda, pues, a “nosotros, los feos”?

El mismo Wapnick y sus colaboradores –autores del experimento antes descrito– me brindan cierta respuesta: “Asimismo, no está claro exactamente qué es el atractivo. Además de las características físicas de una persona, el atractivo puede depender de lo que esa persona esté vistiendo o de cómo se comporte”. (4)

En efecto, si las personas consideran que el intérprete está apropiadamente vestido, sus puntos se incrementarán (5). Y en cuanto al comportamiento en el escenario, ayudará mucho que el músico sonría con frecuencia y que mantenga contacto visual con el público (6). De la misma manera en que catalogamos a las personas en unos segundos, así también nos formamos una opinión del músico desde el momento en que este pisa las tablas. (7) Aspectos como entrar resueltamente al escenario y el tamaño de los pasos que utiliza, la frecuencia con que inclina la cabeza hacia la audiencia y la dirección de su mirada, y la elección de un porte corporal que transmita confianza, parecen ser de mucho peso para que el músico se gane al público sin siquiera haber tocado una nota. (8)

Todo esto me va aclarando muchas cosas, pero aún hay algo que no me cuadra: aquel bajista de mi grupo de rock era harto feo y su vestimenta era de lo más descuidada –para nada se podía considerar atractivo–; entonces, ¿que era lo que podría ocurrir en ese caso?

Investigando un poco, descubro que hay una serie de elementos visuales que pueden ayudar a la mejor comprensión de la música. Para empezar, el observar los movimientos de los labios de un cantante aumenta el entendimiento de la letra de la canción hasta en un 18 por ciento. (9) Pero lo siguiente me parece más importante: las emociones que pretende transmitir el intérprete al tocar se pueden entender con sólo atender a sus movimientos –¡sin necesidad siquiera de escucharlo!– (10), de tal forma que un oyente inexperto podría entender mejor la intención de un pasaje musical con el apoyo de lo que observa en el ejecutante. Los investigadores Dahl y Friberg “… analizaron cómo los patrones de movimiento varían en función de las intenciones expresivas, encontrando que los intérpretes utilizan movimientos lentos y suaves para transmitir tristeza, movimientos grandes y rápidos para la felicidad y movimientos bruscos para la ira”. (11)

Existen movimientos que pueden subrayar la intensidad de la música: como cuando un saxofonista alza la campana de su instrumento al tocar una nota en fortísimo (12) o cuando el guitarrista cierra los ojos y hace una cara de gran esfuerzo al empujar una cuerda hacia arriba para llegar a una nota más aguda. Estas caras y gestos de los músicos, aunque no tienen ninguna influencia en la producción del sonido, sí pueden contribuir a una mejor comprensión musical del escucha.

También hay, por supuesto, algunas convenciones culturales: esperamos, por lo general, que un músico de rock baile al momento de tocar –no así, un intérprete de música clásica–, y que los integrantes del grupo de cumbia realicen cierta coreografía o algún movimiento coordinado entre todos ellos. Tan importantes son estos movimientos que, si llegan a faltar, el espectador llega a pensar que se toca sin entusiasmo, sin pasión o sin energía –aunque la música producida esté llena de expresividad y emoción–, como lo ejemplifican las siguientes palabras de los violinistas Itzhak Perlman e Ivry Gitlis al alabar la interpretación de su colega Jascha Heifetz:

Perlman: “Recuerdo que tras oírle tocar no pude cerrar la boca en una semana. No podía creer lo que estaba oyendo. Y él, por supuesto, tenía un aspecto impasible en el escenario. No se movía mucho, sólo lo necesario. Y yo creo que es por ello que la gente decía que era desapasionado.”

Gitlis: “Decían que Heifetz carecía de pasión. ¡Cierren los ojos y escuchen!” (13)

Regresando a mis experiencias que narré al principio, tengo que admitir que mi compañero bajista estaba utilizando espléndidamente los recursos visuales –aunque, posiblemente, no fuera consciente de ello– para acentuar aspectos estructurales y emotivos de la música, y que cumplía perfectamente con las expectativas del público de rock de ver un ejecutante animado y con mucha expresión corporal. Y lo mismo puedo decir del baterista que impresionó tanto a mi cuñado con los elementos visuales hasta el grado de reemplazar la parte auditiva. Pero estas dos historias me hacen ahora preguntarme: ¿influyen de igual manera los aspectos visuales en el público que es músico como en el que no es músico?

En un experimento se usaron participantes músicos y no-músicos para evaluar una interpretación musical, pero –en este momento ya lo podrán adivinar– algunos lo hicieron en la modalidad de “sólo audio” y otros en el modo audiovisual. Los resultados arrojaron que los no-músicos calificaban más alto al intérprete cuando lo veían que cuando sólo lo escuchaban, lo que apunta a que en ellos “el impacto de las señales visuales agregadas fue tan grande como para cambiar su evaluación de toda la interpretación”. Y por lo tanto “esto sugiere que los no-músicos que asisten a un concierto, y que presumiblemente escuchan y ven la actuación, pueden basar su juicio más en lo que ven que en lo que escuchan”. (14)

Después de leer tantos papers y consultar tantos libros, es casi una obligación utilizar este conocimiento en mi labor musical. Se me ocurre que podría analizar los videos que tengo de mis conciertos –tal vez con el audio apagado– y podría cursar un taller de teatro para mejorar mi expresión escénica. También tengo que comprometerme a vestir mejor para mis conciertos –un aspecto que siempre he descuidado– e intentar sonreír más en el escenario para hacerme ver más guapo… bueno… en la medida de lo posible… tampoco vamos a esperar milagros, ¿verdad?


Notas

  1. Wapnick y otros, 1997.
  2. Kahneman, 2012, págs. 261 y 262.
  3. Lorenzo, Biesanz y Human, 2010, citados en Coon, Mitterer, 2014, pág. 590.
  4. Wapnick y otros, 1997, pág. 477.
  5. Wapnick , Mazza y Darrow, 2000, pág. 324.
  6. Lehmann, Sloboda y Woody, 2007, pág. 167.
  7. Platz, 2013, pág. 349.
  8. Platz y Kopiez, 2013, pág.167.
  9. Hidalgo-Barnes y Massaro, 2007.
  10. Huang y Krumhans, 2011, pág. 346.
  11. Schutz, 2008, pág. 97.
  12. Parncutt y McPherson, 2002, pág. 242.
  13. Monsaingeon, 2001, min. 25:45.
  14. Huang y Krumhans, 2011, pág. 362.

Referencias

Coon, D., & Mitterer, J. O. (2014). Psychology: A journey. Belmont, CA: Wadsworth, Cengage Learning.

Hidalgo-Barnes, M., & Massaro, D. W. (2007). Read my lips: An animated face helps communicate musical lyrics. Psychomusicology: A Journal of Research in Music Cognition, 19(2), 3-12.

Huang, J., & Krumhansl, C. L. (2011). What does seeing the performer add? It depends on musical style, amount of stage behavior, and audience expertise. Musicae Scientiae, 15(3), 343-364.

Kahneman, D. (2012). Pensar rápido, pensar despacio. Mexico: Debolsillo Mexico.

Lehmann, A. C., Woody, R. H., & Sloboda, J. A. (2007). Psychology for musicians understanding and acquiring the skills. Oxford: Oxford University Press.

Monsaingeon, B. (Director). (2001). The art of violin = Lart du violon = Die Kunst des Geigenspiels = El arte del violín = Larte del violino [Motion picture on DVD]. U.S.A.: NVC Arts.

Parncutt, R., & McPherson, G. E. (2002). The science and psychology of music performance creative strategies for teaching and learning. Oxford: Oxford University Press.

Platz, F., & Kopiez, R. (2013). When the first impression counts: Music performers, audience and the evaluation of stage entrance behaviour. Musicae Scientiae, 17(2), 167-197.

Schutz, M. (2008). Seeing Music? What musicians need to know about vision. Empirical Musicology Review, 3(3), 83-108.

Wapnick, J., Darrow, A. A., Kovacs, J., & Dalrymple, L. (1997). Effects of Physical Attractiveness on Evaluation of Vocal Performance. Journal of Research in Music Education, 45(3), 470-479.

Wapnick, J., Mazza, J. K., & Darrow, A. A. (2000). Effects of Performer Attractiveness, Stage Behavior, and Dress on Evaluation of Childrens Piano Performances. Journal of Research in Music Education, 48(4), 323-335.

 

Malos pensamientos: un relato sobre mi ansiedad escénica

Malos pensamientos: un relato sobre mi ansiedad escénica

Debería de estar contento. Bueno… sí lo estoy, ¡de verdad! Recién me confirman el concierto de octubre: será en un buen recinto y tendremos buena paga. No hay nada que más me agrade que poder ofrecerles una buena remuneración a los músicos que tocan conmigo, muy diferente a las ocasiones en que tengo que decirles “¿Qué creen? Nos invitan a tocar en el Festival del No Sé Qué pero no tienen presupuesto para pagarle a los grupos”.

Sí, por supuesto que me entusiasma tener una tocada más. El problema –más bien, mi problema– es que conforme se acerque la fecha del concierto me empezará a invadir el nerviosismo. Son las mismas piezas que ya hemos tocado muchas veces, el mismo repertorio de siempre –“el repetitorio”, como diría un amigo–, pero el tener meses sin tocar juntos me llega a preocupar… aunque no tendría por qué: sé que mis compañeros, con uno o dos o ensayos estarán a la altura, pero… tal vez, yo no.

No importa que yo haya compuesto las piezas y que estructuralmente las conozca muy bien, si los dedos no las dominan y no se mueven como debe ser, lo primero sale sobrando. Sé muy bien cuáles son los puntos difíciles de cada rola, conozco bien los lugares en que suelo equivocarme en cada una de ellas –y también los sitios donde se pueden equivocar mis compañeros–, así que si me aboco a practicar, todo debería de salir muy bien. Con más de un mes antes del concierto, tengo tiempo suficiente para hacer un estudio serio, profundo y detallado de cada pieza. Debo de hacerlo, porque eso es lo único que puede disminuir mi ansiedad.

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Me dispongo a practicar. Hago mis ejercicios de calentamiento y me siento al piano. Intentaré pensar positivamente. El universo conspira a mi favor. Sí me merezco la abundancia. ¿Qué me pasa? Si esas frases de autoayuda me chocan, ¿de dónde me sale toda esta seudopsicología?

La mano izquierda toca los primeros ocho compases. Hay un par de errores al final de la sección. Nuevamente, la mano izquierda toca la misma sección y se vuelve a equivocar al final. No puedo permitirme tener muchos errores porque estarán los de la Asociación Mexicana del Rock, si de por sí no les gusta el rock progresivo…

La mano izquierda vuelve a tocar a una velocidad menor y sale correctamente. Lo intenta al tempo rápido y se vuelve a equivocar. Regresa al tempo lento y sale bien. Segunda vez a tempo lento, sale bien. Una tercera y una cuarta vez a velocidad lenta. Se me hace que hasta el Joaquín va a asistir a nuestro concierto, y más a propósito lo va a hacer porque no lo invité. Con tal de no perder la oportunidad de viborearnos no le va a importar tener que conducir dos horas para llegar al teatro. Sí, ya me lo imagino.

La mano derecha inicia la pieza y se atora casi de inmediato. En el tercer y cuarto compás debía tocar mi bemol pero tocó mi natural. Ahora toca únicamente tercer y cuarto compás. Repite varias veces. ¡Casi se me olvida! Hay que escribirle al diseñador para que corrija el programa. ¿De dónde sacó lo de“rock alternativo”?, si en cada página de la carpeta que les envié dice “rock progresivo”, por qué diablos le pone “alternativo”. Urge avisarle para que no se vaya a ir a imprenta con ese error. Me recordó la vez que fuimos a tocar a Pueblo Quieto y la muchacha que nos anunciaba siempre decía “En unos momentos más comienza el concierto de rock alternativo”. Pues sólo que fuéramos alternativos por todos los artistas con los que hemos “alternado”: desde grupos de jazz hasta de la onda grupera, y desde el mago Frank con su conejo Blas hasta al payaso Lagrimita… ¿o era el Chuponcito…?

¡Chuponcito!, ¡cómo me da risa la voz de ese payaso!, de verdad que está bien cag… Este… mmm… bueno… creo que esto no está funcionando. ¡Tanto pensamiento…! Tal vez sea mejor parar… mmm, podría salir al parque. Sí, eso está bien, saldré a correr unos minutos. De cualquier forma, no puedo avanzar mucho así cómo estoy. Iré a dar una vuelta y dejaré el estudio para más tarde.

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Reconozco esta conducta, no es la primera vez que me ocurre: no puedo concentrarme al estudiar por la ansiedad que me produce tener un concierto cercano. Si este tipo de pensamientos me asaltan en el escenario es seguro que no podré tocar bien. El libro Psicología para músicos describe este comportamiento de la llamada “ansiedad escénica”:

Los músicos afectados a menudo se enganchan más en este “catastrofismo” mental antes de los conciertos que durante ellos. Tales pensamientos son más una fuente de ansiedad escénica que un síntoma. Los pensamientos negativos tienden a intensificarse en la mente de los artistas ya que están en el escenario luchando con otros síntomas. Satisfacer las diferentes demandas cognitivas simultáneamente lleva a una reducción de la atención en la interpretación, y en lugar de tomar en cuenta todas las indicaciones relevantes para la ejecución, la atención se vuelve selectiva y, desafortunadamente, no siempre apunta a las señales correctas (por ejemplo, los artistas dejan de escucharse a sí mismos). (Lehmann, Woody, & Sloboda, 2007, p. 149)

“Catastrofismo” mental y pensamientos negativos… de acuerdo… lo acepto, eso es lo que estoy padeciendo. Lo raro es que antes no me pasaba, es decir, cuando era joven, bueno… más joven. Cuando tocamos en el auditorio del sindicato de músicos, el público era de varios cientos –algunos dijeron que había más de mil– y yo estaba muy tranquilo. De hecho, que fuéramos una banda completamente desconocida abriendo un concierto de un grupo renombrado como Banco del Mutuo Soccorso, era la situación ideal para desencadenar nuestra ansiedad, miedos e inseguridades. Y sin embargo, yo no estaba particularmente nervioso: tal vez porque era joven –más joven– y algo –o bastante– inconsciente, tal vez porque la presión se repartía entre los seis integrantes del grupo o posiblemente porque daba por descontado que al público no le interesaría escucharnos y aprovecharían ese tiempo para platicar y tomarse unos tragos –eso era muy probable, bien sabemos que nadie quiere a los grupos “teloneros”.

Mmm… ahí voy de nuevo, ya regresé a los pensamientos negativos. No sé cómo evitarlos, es imperativo encontrar ya una forma de hacerlo. Alguien me recomendó unirme a un “Club del Optimismo” pero no lo creo conveniente: una breve charla con ellos me bastaría para esparcir mi negatividad y provocar que más de uno caiga en depresión profunda.

Por otro lado, es cierto que tocar frente a una gran audiencia es intimidante, pero la presión sentida en esos casos puede ser la misma que en un concierto con poco público, pero en el que se encuentren personas significativas: seres queridos, críticos de música, o el jurado que vaya a determinar la obtención de un trabajo, beca o presentación. Precisamente, este tipo de personas son las que más a menudo aparecen en mis pensamientos… Prometo que ya no me va a ocurrir más. Pero no es tan fácil, de nada sirve únicamente declararlo, sé que debe trabajarse, así que tendré que buscar ayuda de mi psicóloga de cabecera.

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El ansiado día del concierto ha llegado. Después de una exitosa prueba de audio, nos concentramos en el camerino y esperamos a que la presentadora anuncie el inicio del evento. Mientras esperamos tenemos dos opciones: conversar un poco o refugiarnos en nuestros teléfonos inteligentes para evitar mayor contacto humano; afortunadamente elegimos lo primero –digo, si estamos haciendo música juntos no creo que nos perjudique conocernos un poco a nivel personal. El tema de “¿Dónde te agarró el temblor?” nos mantiene ocupados durante un buen rato y luego da paso a la acostumbrada tanda de chistes de Arturo. No sé si él lo vea de este modo, pero sus chistes, buenos o malos, funcionan muy bien para relajarnos y entrar a escena con mejor ánimo. Me siento seguro: nuestros tres ensayos marcharon muy bien, el nivel fue mejorando en cada uno, detallamos las piezas y revisamos las secciones complejas.

Al escuchar la segunda llamada salimos del camerino y caminamos hasta colocarnos entre bastidores. Arturo me señala a algunos alumnos que ha descubierto en el público, miro en la dirección que me indica y es entonces cuando veo que van llegando Zutano Corona, gerente de la estación Radio Panorama, acompañado de Fulanita del Real, la columnista del periódico Centenario –quien cree que sabe de música por tener miles de vinilos y discos compactos pero “no conoce ni el do por lo redondo”–, cuyos juicios y opiniones determinan si te programan en los festivales de música del Instituto de Cultura. En fin… dije que esto ya no me iba a importar, voy a olvidarme de que los vi y a concentrarme en el concierto.

Tercera llamada: vamos al centro de la escena uno por uno. Llego a mi lugar y empiezo una pequeña frase en el sintetizador; realmente es algo muy simple lo que toco pero el hallarme solo frente al público siempre produce una gran presión. Entra Arturo, comienza su figura en el bajo liberándome así de la mitad de la presión, la que disminuye aún más cuando llega Pedro muy tranquilo a tocar la batería –siempre muy tranquilo. He observado que, por lo general, los músicos de jazz padecen menos ansiedad escénica que los que estudiaron música “clásica”, y creo que se debe a que gran parte de su instrucción se lleva a cabo con experiencias reales de ejecución musical, tocando en ensambles con sus compañeros, a diferencia de los músicos de clásico que pasan mucho tiempo en el estudio individual y muy poco en práctica grupal. Otro factor que marca la diferencia es que los clásicos deben tocar “nota por nota” lo que dice la partitura y los jazzistas pueden modificar las melodías y acompañamiento a voluntad.

La primera pieza salió bastante bien, lo que nos hace tomar las siguientes obras con calma y confianza. El monitoreo es muy bueno –lo que hay que agradecerle a Jesús, nuestro ingeniero de audio–, los tres nos escuchamos claramente y estamos interactuando bien entre nosotros. Así es como llegamos a la última pieza antes del intermedio.

–Vamos a hacer una breve pausa después de la pieza que sigue –digo al micrófono–. Forma parte de nuestro segundo disco, que pueden adquirir en el hall del teatro, y se llama “Retablo Medieval”.

Pedro marca la entrada. Después de los 12 compases de bajo y batería, entro con la melodía inicial con un sonido de órgano Hammond. Esta primera presentación del tema se da en fortíssimo; le sigue un brusco cambio de dinámica donde el teclado baja a una mínima intensidad con ligeras puntuaciones de apoyo de los otros instrumentos. Es una parte casi solística la que estoy tocando en los sintetizadores, la domino muy bien, lo que me permite levantar la vista del teclado y mirar hacia el público. Accidentalmente, mis ojos se topan con la señorita Del Real que charla y ríe animadamente con el locutor Corona como si estuvieran en un bar. “¡…ches monos!”, pienso. Esa distracción me cuesta un tropiezo que casi me hace perder la vuelta del tema principal, pero la libro bien. Se acerca la sección del canon y pienso “¡Uf, aquí viene la parte complicada!”. Trato de concentrarme: “En este momento hay que dejar caer todo el peso del brazo derecho en el inicio de cada frase… relaja los hombros… no subas tanto la muñeca … la mano debe moverse en círculo siguiendo las notas del arpegio… la mano izquierda debe caer exacta con cada pulso… y…” ¡Y me equivoco!, ¡estoy en otra tonalidad! Corrijo de inmediato pero veo la cara asustada de Arturo que voltea a verme. ¡Corregí la tonalidad pero me adelanté dos compases! Mis manos siguen moviéndose en el teclado pero fuera de sincronía con lo que hace Arturo, quien ejecuta lo que le corresponde aunque con un exceso de notas erradas. Termino de tocar esa sección y quedo en silencio; dos compases después termina Arturo su línea; Pedro ya no supo donde introducir el fill y se queda solo tocando el ritmo. Arturo y yo, angustiados, volteamos a verlo esperando a ver cómo lo termina. Pedro da un redoble larguísimo y remata con bombo y platillos.

Tres segundos de silencio que parecen la eternidad. ¿Qué hacemos ahora?, ¿cómo retomamos la pieza?, ¿nos disculpamos y volvemos a empezar? El baterista Bill Bruford alguna vez dijo: “When in doubt, roll!”, y probablemente fue que se apareció su espíritu en el escenario porque Pedro empieza a ejecutar un roll en la tarola en pianísimo. Me acerco el micrófono para anunciar “Con ustedes, en la batería, Pedro Galindo”. Se escuchan algunos aplausos, Pedro empieza a hilvanar su inesperado solo mientras Arturo y yo nos movemos al fondo del escenario.

Al terminar Pedro su solo, lo presento nuevamente. El público silba, aplaude y grita. –Tendremos un breve intermedio. Regresamos en unos minutos– digo al micrófono.

Abandonamos el escenario. Al coincidir en las escaleras, miro a mis compañeros y sonrío moviendo mi cabeza un lado a otro –Ahora sí la regué a lo bestia– les digo. Pedro alza los hombros en señal de “Ya ni modo” y Arturo dice “No te preocupes, no fue tan grave”.

En este momento no me queda otra más que decir lo mismo que me dicen mis alumnos “En mi casa sí me salía, maestro”. Pues sí, es verdad, en mi casa me salió muy bien, y en todos los ensayos que tuvimos ese pasaje salió con mucha seguridad. Una explicación a este problema –al que los cantantes llaman “ahogamiento”– nos la brinda el periodista Jonah Lehrer en su libro “Cómo decidimos”: “Aunque pueda parecer una categoría amorfa de fracaso, o incluso un caso de exceso de emoción, en realidad el ahogamiento se debe a un error mental concreto: pensar demasiado” (p. 145). ¡Quién iba a creerlo!: resulta que pensar demasiado también causa problemas. “La parte del cerebro que controla la conducta –una red centrada en la corteza prefrontal– comienza a entorpecer decisiones que normalmente se toman sin pensar: se pone a cuestionar a posteriori las habilidades que han estado afinándose durante años de práctica concienzuda”. (p. 147)

Entonces, si entiendo bien, el querer examinar todos mis movimientos en el momento mismo de la ejecución, movimientos que ya había automatizado en un largo proceso de estudio, echó a perder la interpretación fluída y sin esfuerzo que ya había logrado. Esto se me hace muy parecido a cuando se nos pide que posemos de manera natural para una fotografía y comenzamos a pensar en cómo colocar cada parte de nuestro cuerpo produciendo un resultado opuesto al deseado. Parece ser que en estos casos el pensamiento racional y la reflexión profunda resultan ser contraindicados y la táctica más adecuada podría ser la de “aventarse como el Borras”.

Así pues, nos dirigimos al camerino para descansar un poco cuando observo una figura femenina que se nos acerca. Conozco ese andar y esa cabellera. A unos metros de mí, la vista de su inconfundible sonrisa disipa mis dudas.

–¡Qué onda!, ¡qué sorpresa! –le digo mientras me acerco para darle un abrazo–. No creí que fueras a venir. ¿Cuándo llegaste?

–Hoy mismo, a mediodía, llegué, dejé las maletas y me preparé para venir a tu concierto.

–¡Qué padre! –exclamo y luego me dirijo a mis compañeros–. Ella es Eugenia, clavecinista, fuimos compañeros en la Escuela “Nació-Mal de Música. Viene llegando de París.

–¿De verdad?, ¿fuiste de vacaciones? –pregunta Arturo.

–Más bien, al revés, viene a México de vacaciones –le explico.

–La verdad se me hizo un poco tarde –nos cuenta Eugenia–. Llegué cuando anunciabas la última pieza, ¿esa es el arreglo del Concertino de Bernal Jiménez, verdad?

–Sí, es el cuarto movimiento del Concertino. ¡La regué bien feo en esa rola!

–Ay, no exageres, si fueron sólo unos segundos, todo lo anterior estuvo muy bien. Además, te aseguro que, salvo uno que otro músico que ande por ahí, nadie se dio cuenta del error.

–¿Tú crees?

–Sí, hombre, no es para tanto. Y no tienes que preocuparte, vamos a seguir siendo amigos. No te voy a retirar la palabra sólo por haberla cajeteado espectacularmente.

-Ja, ja, ¡qué graciosa!

Bueno… por lo menos me hizo reír… y de verdad que lo necesitaba. Pensándolo bien, si Eugenia estaba aquí en mi concierto, arrastrando el cansancio de un largo viaje, no era tanto por escucharme tocar –ya me había oído tocar bastantes veces– sino por saludarme y mostrarme su apoyo. No sé por qué, pero de repente recordé que yo soy mucho más que un tecladista, mucho más que un compositor, que… sí, la música es lo que hago –y siempre será de suma importancia en mi vida–, pero eso no es todo lo que soy. A lo mejor para ella sigo siendo aquel compañero de escuela que sabía escucharla, o el que iba a molestarla a su salón de clavecín para interrumpir su sesión de práctica e invitarla a cenar a Coyoacán con la compañía de Filo y Verónica. Sí, era por nuestra amistad que ella había venido a mi concierto y así yo tocara excelente o pésimamente, ella iba a continuar ahí.

–¿Qué vas a hacer después del concierto?– me dice Eugenia.

–Lo de siempre, guardar los instrumentos, cargar todo en la camioneta y regresar el equipo al lugar de ensayo. No creas que vamos a tener nuestra fiesta after-show con alcohol, drogas y mujeres a granel.

–Ah… es que vamos a ir a cenar a El Hurache… por si querías acompañarnos. También va a ir Filo. Sí, ahí anda, vino con Yósefin.

–¿Te cae?, ¿vino Filo? ¡Y con la Yósefin!, ¡no puede ser! –digo entusiasmado–. Uta…lo malo es que hay que llevar todo el equipo…

–Si tú quieres yo puedo irme con la camioneta y asegurarme de que todo llegue bien –me dice Arturo. Tú vete con tus amigos.

–¡Órale, muchas gracias! Pues, va que va.

Al regresar al escenario para tocar la segunda mitad del show, algo ocurrió, como si se hubiera activado un interruptor que me hizo estar concentrado, escuchando y disfrutando lo que tocábamos. El resto del concierto fue muy bueno y parece, por la efusividad de los aplausos, que el público también lo disfrutó. Mientras guardaba apresuradamente mis instrumentos, no dejaba de sentirme afortunado de que después de tantos años –despúes de muchos kilos acumulados y de una que otra arruga aparecida– iba a hacer lo mismo que en mi época de estudiante: abandonar mis responsabilidades e irme a tomar un café con mis amigos para ponernos al día, contarnos chismes y carcajearnos. ¡Nunca lo hubiera pensado!

 

Referencias

Dalia, G. (2008). Cómo ser feliz si eres músico o tienes uno cerca. Madrid: Mundimúsica.

Lehmann, A. C., Woody, R. H., & Sloboda, J. A. (2007). Psychology for musicians understanding and acquiring the skills. Oxford: Oxford University Press.

Lehrer, J. (2011). Cómo decidimos: y cómo tomar mejores decisiones. Barcelona: Paidós.

Cómo ser feliz si eres músico o tienes uno cerca (reseña bibliográfica)

Cómo ser feliz si eres músico o tienes uno cerca (reseña bibliográfica)

Cómo ser feliz si eres músico o tienes uno cerca
Guillermo Dalia
MUNDIMUSICA (2008) Madrid
Páginas: 214

No es que uno sea una persona especial por el hecho de ser músico –aunque sé de muchos compañeros que se lo creen–, pero es verdad que la carrera del músico tiene una serie de características que no se encontrarán en otras profesiones. La duración de la carrera, un mínimo de siete años, y la cantidad de horas que el estudiante pasa solo con su instrumento parecen ser aspectos definitorios en la manera como nos comportamos los músicos.

Es común escuchar que alguien diga orgullosamente “música no es lo que hago, música es lo que soy” sin darse cuenta de lo perjudicial que puede ser que dicha frase se tome en serio. Guillermo Dalia, psicólogo clínico especializado en problemas de ansiedad escénica en músicos, apunta que “es frecuente encontrarse con músicos que viven la música 24 horas al día y que no posean otras distracciones que no deriven de aquella” (p. 28) y nos explica a continuación que el bienestar del individuo no puede estar sustentado sólo en su profesión sino que debe estar apoyado también en su familia, en su relación de pareja, en su grupo de amistades, en los pasatiempos y diversiones –fuera de la música, por supuesto–, en la práctica de un deporte, entre otros puntos. Siendo la práctica de la música tan absorbente, es fácil que descuidemos las otras áreas de importancia para todo ser humano.

Sí, la música nos apasiona, nos entretiene y nos divierte, pero también la sufrimos, por ejemplo, con la ansiedad escénica, que parece alcanzar hasta al 80 por ciento de los músicos en diferentes etapas de su carrera. Es a través del tratamiento del pánico escénico que Guillermo Dalia entra en contacto con gran cantidad de músicos y llega a delinear cinco características que los unifican: individualismo, competitividad, pensamiento dicotómico, crítica y divismo. Sé que lo anterior no suena muy halagüeño, pero si tú, músico, lees este libro con la apertura suficiente y sin tratar de justificarte, podrás ver, como me pasó a mí, que este libro te irá describiendo de forma asombrosa. También te hará comprender varios comportamientos y costumbres que vamos aprendiendo a lo largo de la carrera y que no cuestionamos nunca. Por ejemplo, cuando el profesor de instrumento se siente padre y casi dueño de los alumnos a los que instruye, y provoca que estos alumnos formen un clan alrededor de él para competir y enfrentarse con el clan de alumnos de otro profesor.

Otros tópicos que también se abordan en el libro son: la relación del músico con su instrumento, el músico y su pareja, el estudiante de música, los padres del estudiante de música, el profesor de música, y el músico de orquesta. Aunque habla en su mayoría de los músicos de conservatorio y sólo ocasionalmente de los de música popular o de los aficionados, puede servir de igual manera a estos últimos. Escrito en lenguaje simple, este libro no va a dirigido a los especialistas sino al músico y, como lo dice su título, a los que se encuentran cerca de él y quisieran comprender por qué es así –mi novia ya tiene su ejemplar, por cierto.
Es uno de esos libros que te hará afirmar: “si años atrás me hubieran dicho esto…”.

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La ciencia lo demuestra: ¡oír música de Juanga te hace más inteligente!

La ciencia lo demuestra: ¡oír música de Juanga te hace más inteligente!

A principios de la década de los noventa se realizó un experimento sobre la influencia de la música en los oyentes. De hecho, fueron varios y por diversos investigadores, pero, de manera general, consistían en lo siguiente: a un grupo de personas se les ponía a escuchar música durante diez minutos y después se les aplicaba una prueba de inteligencia. Por supuesto, para poder comparar, los mismos participantes realizaron otras dos pruebas similares donde se sustituía la música por otros estímulos auditivos, o simplemente se les pedía permanecer sentados en silencio durante el mismo tiempo.

El estudio original (Rauscher, Shaw, & Ky, 1993) encontró que el razonamiento espacial de los participantes mejoraba después de escuchar una sonata de Mozart (K. 448), hecho que dio pie a que se acuñara el término “Efecto Mozart”. Periódicos y revistas anunciaron que escuchar a Mozart nos haría más inteligentes, noticia que causó revuelo entre padres, educadores y hasta políticos —por ejemplo, el gobernador de Georgia consiguió fondos para darles un disco compacto de Mozart a todo recién nacido en ese estado.

¡Y cómo no!, si la idea es maravillosa. Imagina que en la clase de matemáticas se incluyeran sesiones para llevar a los alumnos a salas de concierto para escuchar a Mozart: esto aumentaría la comprensión de la materia de forma automática. Podríamos recetarles a nuestros hijos pequeños las sinfonías completas del buen Wolfang para darles ventaja sobre sus compañeros de escuela. Se me ocurre también que podría ver la ópera “Don Giovanni” mientras me ejercito en la caminadora y eso me ayudaría a sobresalir en mi trabajo.

El efecto Mozart llegó al conocimiento de un gran público gracias al libro de Don Campbell titulado “El efecto Mozart: explorando el poder de la música para sanar el cuerpo, fortalecer la mente, y desbloquear el espíritu creativo.” Hay que notar el enorme salto que existe aquí entre “mejorar el razonamiento espacial” y la afirmación “para sanar el cuerpo” —una tergiversación del conocimiento científico, distorsión típica de los libros de autoayuda. Además de este best seller, el mismo autor escribió una versión para niños, y produjo una serie de discos con música para bebés, para jóvenes, para papás…, en su página web puedes encontrar cerca de veinte productos diferentes sobre el efecto Mozart.

En cuanto se conoció el experimento de Rauscher y colegas, varios equipos de científicos lo replicaron pero los resultados fueron muy diversos. Por ejemplo, Nantais and Schellenberg (1999) en su versión del experimento compararon los resultados de las personas cuando se sentaban en silencio durante los diez minutos y cuando escuchaban música, pero no de Mozart sino de Schubert. El resultado fue que en las pruebas calificaron mejor cuando habían escuchado música por lo que se podría hablar de… un efecto Schubert.

Después se les ocurrió ¿Qué pasará si en lugar de música escuchan un cuento o historia? Entonces, en otro experimento, estos mismos investigadores pusieron a prueba otras dos condiciones contra la del estímulo nulo: una de ellas era escuchar música de Mozart, la segunda, un cuento de Stephen King. Se predijo que en ambos casos las habilidades cognitivas de los participantes mejorarían; y así resultó, se había descubierto ¡el efecto Stephen King!

A estos últimos participantes se les preguntó, al finalizar el experimento, que les había gustado más escuchar, la música o la narración: aproximadamente se dividieron a la mitad en cuanto a preferencias. Al analizar nuevamente los datos en función de preferencia y calificación obtenida se observó que los participantes se desempeñaron mejor cuando escucharon el estímulo preferido que cuando no fue así. Esto es, en resumen, que “…hubo un efecto Mozart para los participantes que preferían la música, pero hubo un efecto Sthepen King para los participantes que preferían la historia.” (Schellenberg and Weiss, 2013)

De esta forma llegamos a la conclusión de que cualquier estímulo que haga sentir mejor al participante provocará un mejor rendimiento en su prueba. Estos estímulos pueden ser de muy diversa índole, como recibir un regalo, ver una película cómica, el coqueteo de la chica, o el chico, que los recibe antes del experimento o, por supuesto, la música: de Mozart, de Schubert, de Elvis Presley, de Jimmy Hendrix, de Agustín Lara, de… ¿Juan Gabriel? Sí, por supuesto que sí. Si al participante le encanta El Divo de Juárez, su estado anímico mejorará al escucharlo y saldrá mejor en las pruebas.

Ya podríamos gritar a los cuatro vientos que se ha descubierto “El efecto Juanga” y comenzar la producción de libros y discos que acelerarán el aprendizaje de nuestros hijos: “El efecto Juanga para niños”, “El efecto Juanga prenatal”, “Quiúbole con… El efecto Juanga” —libro para adolescentes escrito en coautoría con Yordi Rosado—, “Cómo sanar tu cuerpo con El efecto Juanga”… Toda una mina de oro, ¿no es cierto? ¡Inversores, socios capitalistas!, ¿dónde están?, ¡manifiéstense!

 

Referencias

Nantais, K. M., & Schellenberg, E. G. 1999. The Mozart effect: An artifact of preference.  Psychological Science, 10, 370-373.

Rauscher, F. H., G. L. Shaw, and K. N. Ky. 1993. Music and spatial task performance. Nature 365:611.

Schellenberg, E. G., and M. W. Weiss 2013. Music and cognitive abilities. In The Psychology of Music, Third Edition, edited by D. Deutsch. San Diego: Academic Press.