Cómo ser feliz si eres músico o tienes uno cerca (reseña bibliográfica)

Cómo ser feliz si eres músico o tienes uno cerca (reseña bibliográfica)

Cómo ser feliz si eres músico o tienes uno cerca
Guillermo Dalia
MUNDIMUSICA (2008) Madrid
Páginas: 214

No es que uno sea una persona especial por el hecho de ser músico –aunque sé de muchos compañeros que se lo creen–, pero es verdad que la carrera del músico tiene una serie de características que no se encontrarán en otras profesiones. La duración de la carrera, un mínimo de siete años, y la cantidad de horas que el estudiante pasa solo con su instrumento parecen ser aspectos definitorios en la manera como nos comportamos los músicos.

Es común escuchar que alguien diga orgullosamente “música no es lo que hago, música es lo que soy” sin darse cuenta de lo perjudicial que puede ser que dicha frase se tome en serio. Guillermo Dalia, psicólogo clínico especializado en problemas de ansiedad escénica en músicos, apunta que “es frecuente encontrarse con músicos que viven la música 24 horas al día y que no posean otras distracciones que no deriven de aquella” (p. 28) y nos explica a continuación que el bienestar del individuo no puede estar sustentado sólo en su profesión sino que debe estar apoyado también en su familia, en su relación de pareja, en su grupo de amistades, en los pasatiempos y diversiones –fuera de la música, por supuesto–, en la práctica de un deporte, entre otros puntos. Siendo la práctica de la música tan absorbente, es fácil que descuidemos las otras áreas de importancia para todo ser humano.

Sí, la música nos apasiona, nos entretiene y nos divierte, pero también la sufrimos, por ejemplo, con la ansiedad escénica, que parece alcanzar hasta al 80 por ciento de los músicos en diferentes etapas de su carrera. Es a través del tratamiento del pánico escénico que Guillermo Dalia entra en contacto con gran cantidad de músicos y llega a delinear cinco características que los unifican: individualismo, competitividad, pensamiento dicotómico, crítica y divismo. Sé que lo anterior no suena muy halagüeño, pero si tú, músico, lees este libro con la apertura suficiente y sin tratar de justificarte, podrás ver, como me pasó a mí, que este libro te irá describiendo de forma asombrosa. También te hará comprender varios comportamientos y costumbres que vamos aprendiendo a lo largo de la carrera y que no cuestionamos nunca. Por ejemplo, cuando el profesor de instrumento se siente padre y casi dueño de los alumnos a los que instruye, y provoca que estos alumnos formen un clan alrededor de él para competir y enfrentarse con el clan de alumnos de otro profesor.

Otros tópicos que también se abordan en el libro son: la relación del músico con su instrumento, el músico y su pareja, el estudiante de música, los padres del estudiante de música, el profesor de música, y el músico de orquesta. Aunque habla en su mayoría de los músicos de conservatorio y sólo ocasionalmente de los de música popular o de los aficionados, puede servir de igual manera a estos últimos. Escrito en lenguaje simple, este libro no va a dirigido a los especialistas sino al músico y, como lo dice su título, a los que se encuentran cerca de él y quisieran comprender por qué es así –mi novia ya tiene su ejemplar, por cierto.
Es uno de esos libros que te hará afirmar: “si años atrás me hubieran dicho esto…”.

Portada Dalia 2

 

Bullying en las artes: Profesores que humillan a sus alumnos

Bullying en las artes: Profesores que humillan a sus alumnos

Puedes leer el artículo a continuación o escucharlo aquí:

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Después de leer su cuento ante la clase, lo que restaba era escuchar los comentarios a su trabajo. El alumno, al igual que sus compañeros, dirigió su mirada al profesor, quien caminaba lentamente sobre el estrado moviendo la cabeza, con una caja de cerillos jugueteando entre sus dedos. El maestro señaló un par de aciertos en el texto. Pero…, a tu cuento lo que le falta es calor, remató convencido. A continuación encendió un fósforo y lo acercó a la copia del cuento que sostenía en la mano, la que se quemó con rapidez. Dicho profesor era ¡Juan Rulfo!

        Más de cincuenta alumnos escuchamos esta historia de boca de nuestro maestro de literatura. ¿Juan Rulfo? Sí. El ídolo de todos nosotros, figura indispensable de la literatura mexicana, nos era mostrado como un ser humano que…, ¡no podía ser cierto!

        No tengo manera de confirmar la veracidad de esta anécdota pero, por coincidencia, se parece mucho a otra que ya me habían contado. Un viejo conocido recibió una beca para escribir una novela y al llevar sus avances a uno de sus asesores este le comentó, “Creo que sólo requiere unos cortes”, y dicho esto comenzó a romper las hojas en pedazos. No sé el nombre de tal asesor, pero entendí que era considerado como una de las luminarias de la literatura mexicana contemporánea. De cualquier forma, es mejor que no lo recuerde porque apenas dijera su nombre, los admiradores de dicho escritor se lanzarían a atacarme y acusarme de envidioso y calumniador. Sí, no exagero. No logro entender la razón, pero ocurre que aquellos comportamientos que censuramos de inmediato en cualquier persona, los toleramos y los justificamos cuando los lleva a cabo “El maestro”, “El doctor”, “El genio”, o “El virtuoso”. Y sucede a cada instante en el campo de las artes.

        En un taller de cuento, varios compañeros compartíamos la sensación de que Edmée (2), la profesora, disfrutaba descubrir errores en nuestros textos, lo que hacía notar de manera poco amable. He escuchado la justificación de este comportamiento: “Allá, fuera del salón de clases, en el mundo real, se van a encontrar con críticos feroces que tratarán de pisotearlos por el menor error. Es mejor que se vayan acostumbrando.” No concuerdo con este razonamiento. El alumno no puede ver a su profesor como uno de esos “críticos feroces”, lo que necesita es un ambiente de confianza y respeto que le permita abrirse para aceptar los errores que se le señalan y entender las técnicas que se le indican para corregirlos. El alumno no debería percibir al profesor como un enemigo.

          Tengo en mi poder una carta enviada por un estudiante de música a la dirección de su escuela, en la que denuncia el trato que recibió por parte de Ariel, su profesor de armonía. Comparto un pequeño extracto.

Todos alguna vez sufrimos algún vituperio, que iban desde la manera sádica o, si se me permite el término, perversa, de elegir un ‘voluntario’ para pasar al pizarrón a realizar algún ejercicio, hasta, calificar de ‘rebuznos’ los ejercicios hechos por el alumno/víctima. La situación en clase era tensa y el alumno que estaba en el pizarrón se encontraba totalmente aterrado, siendo víctima tanto del maestro, como de sus compañeros que preferían hacerse cómplices pasivos de estas finas formas de tortura psicológica. (…) Me encontraba totalmente bloqueado por el miedo, y esto, aunado al pobre contenido de la cátedra, me impedía obtener el aprendizaje que yo hubiera deseado.

         Creo que para todos es evidente que un ambiente de esta naturaleza no sólo inhibe el aprendizaje sino que puede provocar la deserción de la asignatura y hasta el abandono total de la profesión (¡he sabido de tantos…!).

         Conozco muchas historias más: la de Bruno, profesor de solfeo, que a la petición de un alumno de que le revisara una lección respondió “Ve a que te la revise tu perro”; la del compositor Julio, quien es reconocido a nivel nacional e internacional, pero también célebre por burlarse en clase de sus alumnos y ponerlos en evidencia. Sé del doctor Eduardo, quien a menudo lanzaba comentarios en clase que minimizaban el trabajo de mis compañeras y de las mujeres en general. Y recuerdo muy bien lo que sentí cuando llegué entusiasmado a mi primera clase de piano con el famoso jazzista Enrique, quien me recibió con la pregunta “¿Y tú también vienes a que te resuelva la vida?”

       El “maestro” Ariel, el “virtuoso” Bruno, Julio, “el genio” y “el doctor” Eduardo continúan hasta la fecha impartiendo sus clases. Posiblemente se dieron ya cuenta de su comportamiento y lo han modificado a favor de sus alumnos. O quizás sigan con su conducta de siempre, golpeando a artistas en desarrollo, truncando carreras, al amparo de instituciones educativas que los solapan y los encubren.

         No deberíamos dejarlo pasar: hacia estos comportamientos, sean del gran profesor o del renombrado genio, sí debemos ser intolerantes.

 

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Este artículo fue publicado originalmente el 2 de junio de 2015 en el blog de “goveamusic”.

(1) En este artículo se habla fundamentalmente sobre el bullying ejercido por los profesores hacia los alumnos. Sé que para muchos autores el bullying debe ser “entre pares” y limitado a un ambiente escolar pero otros tantos toman un concepto más amplio, como Brenda Mendoza (2011) y Anne-Marie Quigg (2011), quienes fueron la base e inspiración para escribir este texto. Para cualquier duda y ampliación sobre el tema les dejo las referencias:

Mendoza González, Brenda, Bullying entre pares y el escalamiento de agresión en la relación profesor-alumno, Psicología Iberoamericana, vol. 19, núm. 1, enero-junio, 2011, pp. 58-71. Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, México.

Quigg, Anne-Marie, Bullying in the Arts : vocation, exploitation and abuse of power, 2011, Gower Publishing Limited, Inglaterra.

(2) Los nombres de los profesores que se mencionan en el texto han sido modificados para no perjudicar a los que han sido víctimas de ellos, pero los hechos descritos son verídicos.

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El ánima

El ánima

Nunca hubiera creído que esto me iba a suceder. Puedo verme tendido sobre el piso húmedo del baño, mi cuerpo bocabajo, mi cabeza de costado. Yo soy este que piensa y aquel que yace en el suelo. Cuántas veces me burlé de los que decían haberse separado de su cuerpo y observar desde arriba, como suspendidos en el aire, mientras los médicos lo atendían en una mesa de operaciones…, ¡y ahora me ocurre lo mismo! Todo esto me parece totalmente absurdo, va contra mis creencias de toda la vida.

Ahora no sé lo que soy. Todo es confuso. Cuando pienso en alzar las manos para sujetarme la cabeza, me doy cuenta de que estas no existen. No hay cráneo, no hay cuerpo, nada hay. Todo está allá abajo descansando sobre el suelo.

Sin embargo, puedo pensar. Puedo ver todo en derredor, puedo escuchar y oler. No hay tacto en mí, pero sí emociones. Puedo sentir. Y siento un híbrido de pena, lástima y vergüenza, ahora que repaso los hechos y caigo en la cuenta de que un simple tapete hubiera evitado mi desliz. Ridícula muerte.

La humedad del cuarto me hace pensar que mi cuerpo no lleva mucho tiempo tendido. Pasarán días antes de que alguien se entere de mi situación: los vecinos de arriba nunca se dan cuenta si estoy en casa, mis padres y mis hermanos raramente me procuran una llamada, y mi novia, resentida por nuestra discusión de ayer, dejará pasar al menos una semana para intentar comunicarse conmigo. Seguramente se extrañarán en la escuela cuando el miércoles no acuda a dar mis clases habituales, aunque sé que mis alumnos estarán felices: no habrá clase, tampoco examen.

Si permanezco un tiempo más en esta fase semihumana —realmente no se me ocurre como llamarla— tal vez tenga oportunidad de asistir a mi propio funeral. Siendo que la familia entera sólo se reúne en bodas y sepelios, esperaría ver aquí a mi madre y a mi padre, a mis nueve hermanos con sus respectivas parejas, y a mis veintitantos sobrinos. Ese poder de convocatoria me hubiera gustado tener el día de la presentación de mi libro. Pero ya los conozco. Si mi hermano Roberto anuncia que irá a una reunión familiar, entonces mi hermano Mario no acude a esta; y si mi hermana Rocío se hace presente en un festejo, mi hermana Claudia acortará su estadía en el mismo. Al menos mi muerte los unirá a todos, por unas cuantas horas, haciéndoles olvidar sus rencillas y supuestas ofensas.

Será muy interesante escuchar lo que comenten de mí el día de mi funeral. Aunque ningún comentario habrá que tomárselo muy en serio, ya que sé muy bien que cuando alguien muere se tiende a idealizarlo. Por eso creo que se van a olvidar de mis defectos, debilidades y vicios, para exaltar mis escasas virtudes. Así ocurrió con el tío Artemio. Cuando vivía, todos tratábamos de evitarlo. Era deprimente observar el maltrato que propinaba a mi tía Lola, así como los frecuentes trancazos a mis primos por la más pequeña falta. ¡Ah!, pero en cuanto murió, la percepción de todos cambió. Ahora era “San Artemio”. No era ya una persona violenta, sino un padre estricto que se esforzaba por imponer disciplina a sus descarriadas ovejas. Hasta la tía Lola opinaba lo mismo.

Algo similar ocurrió con el escritor George Reyes, recién fallecido el pasado mes de febrero. Sus novelas eran tan elementales, simplistas, abundantes en lugares comunes, y nutridas de falacias e inexactitudes históricas, que nadie podía creer su enorme éxito. Según él, su intención era combinar la filosofía azteca con el pensamiento New Age, y con ese pretexto fue que publicó su primera novela “El código Moctezuma” —patrocinada por la cervecería del mismo nombre—, que llegó a ser lo que se llama un best-seller. Sus posteriores novelas, creo que unas diez más —sin contar sus libros de autoayuda—, sólo fueron variaciones del mismo tema. George Reyes fue la comidilla en las tertulias con mis antiguos compañeros del taller de novela. Sin embargo, ninguno de nosotros podía imaginar lo que iba a ocurrir con su muerte. Homenajes a su persona se celebraron por doquier: en su colonia, en su municipio, en su estado —en los que incluso participaron escritores que lo habían acusado de plagio—, hasta llegar al magno homenaje nacional en donde, nada menos que el presidente de la república afirmó “Ciertamente, con sus investigaciones acerca de la vida y la cultura de los antiguos mexicanos, George Reyes ha contribuido a la consolidación de la democracia en nuestro país.”

Seguramente es envidia lo que siento. No tendría por qué recordar todo esto en mi actual estado de ánima. Es envidia, sí, pero también tristeza…, ¡tener que morir en esta etapa de mi vida! Apenas hace un mes presenté mi primer libro de cuentos. Ese día estaba feliz. Feliz por mi decisión de tomar en serio mi fervor por la escritura, por atreverme a abandonar la odontología y reconocer que era ésta la carrera que deseaba ejercer en mi vida; por ser capaz de tirar miedos, de enfrentar críticas —disfrazadas de consejos— de familiares y amigos. Claro que me agrada la buena recepción que ha tenido mi obra, pero ha sido mejor la sensación de bienestar que produjo en mí, la seguridad que me ha dado el poder terminar, ¡por fin!, alguno de mis proyectos, el descubrimiento de que tengo esta habilidad de transmitir emociones con las palabras…, y poder saborearlas, y jugar con ellas…

Buen descubrimiento, aunque llega demasiado tarde. Esto debió sucederme hace veinte años. O mejor aún, yo debería haber vivido veinte años más, al menos veinte más. Siento envidia, tristeza. ¡Tanto tiempo que perdí con mis indecisiones! Siento coraje. Siento rabia. Bueno…, al menos todavía siento. Pero no sé por cuanto tiempo más.

¡Tú puedes ser compositor sin saber de música!

¡Tú puedes ser compositor sin saber de música!

Quince minutos. Treinta minutos. Casi una hora y no hay ningún indicio de que vaya a aparecer. Yo que estaba seguro de que, ¡hoy sí!, llegaría a la cita. Siempre ocurre lo mismo con ella, salgo a buscarla y no la encuentro, me siento a aguardar algún mensaje suyo y siempre es en vano. Pero en el momento menos oportuno se presenta frente a mí, me guiña un ojo y me mira como diciéndome “¡Ven y hazme tuya!” Así es ella: La Inspiración.

Dicen que el ejercicio de creación musical consiste en un gran porcentaje de trabajo y un poco de inspiración, pero en mi caso la ausencia de esta última me deja sin punto de partida para ponerme a trabajar. Revolviendo mi cabeza en busca de opciones es que recuerdo aquel juego musical de Mozart. ¡Está clarísimo! Todo lo que necesito es un par de dados.

Permíteme explicarme: en el año de 1793 se publica un texto de Mozart con el título “Manual para componer valses con dos dados sin tener la más mínima idea sobre música o composición”. Trabajos similares ya se habían publicado por Kirnberger en 1757 y por Haydn en 1790, y todos estos consisten en una serie de tablas con fragmentos musicales numerados —por lo general de un compás de duración—, que se van seleccionando y anotando según lo marquen los dados, procedimiento que se repite hasta completar la composición. Se tiene así un método de composición pseudoaleatorio, ya que, si bien son seleccionados al azar, los compases son “prefabricados” y hechos de tal manera que siempre presentan una buena posibilidad de orden al ser combinados de distintas formas. Otros ejemplos de la aplicación de este principio se encuentran en “El Arca Musaríthmica” de Kircher en 1660, y en los años 1822-23 cuando apareció “un grupo de barajas, el ‘Kaleidacusticon’, con el que se podía componer algo más de la modesta cantidad de 214 millones de valses.” (Pavón, 1981, p. 53)

Así que lanzo los dados, voy anotando los números y en poco tiempo tengo un vals hecho a la perfección. El único problema es que un vals no es precisamente lo que me habían dejado de tarea, sino un tema y variaciones para piano, ¿habrá un juego de dados para ello? O tal vez, ¿algún programa que me pueda hacer el trabajo? Seguro una computadora me puede ayudar a crear alguna buena melodía, hace décadas que se han hecho esfuerzos en esa dirección.

Existe, por ejemplo, la Suite Illiac, hecha en la computadora Illiac de la Universidad de Illinois, que creaba sus ideas obras de la siguiente forma:

La computadora fue programada para generar notas en forma aleatoria. Cada nota se analizaba- también por programa – para ver si obedecía a ciertas reglas preestablecidas en el contexto general de la obra (contrapunto en primera especie). Se procedió del mismo modo con los patrones rítmicos, dinámica e instrucciones básicas de ejecución, como “arco”, “col legno”, “pizzicato”, etc. y si obedecían al plan general previsto eran aceptados y si no rechazados. (Pavón, 1981, p. 54)

Otro ejemplo es el realizado por el músico soviético R. J. Zarípov en la máquina “Ural” y de la que salieron las llamadas Melodías de los Urales, que son temas de corte popular. Para la realización de estas se hizo un estudio en el que se determinó, entre otras cosas, que las melodías tradicionales tienen un promedio de 35 a 60 notas y presentan una estructura de tipo A-B-A. Con esta información se le fueron dando reglas a “Ural” para que seleccionara las notas que iban a formar sus melodías, por ejemplo, “Si cinco notas van sucesivamente hacia arriba, entonces la sexta nota va obligatoriamente hacia abajo y viceversa.”, o también, “El intervalo entre notas vecinas nunca debe sobrepasar seis tonos.” (Pékelis, 1973, p. 250)

Corro inmediatamente hacia mi computadora, acerco al escritorio el papel pautado y la taza de café, y me pongo a trabajar en la elaboración de un pequeño programa, no tan complejo como los que describí, pero que me pueda ayudar a suplir mi escasa musicalidad. Después de cuarenta minutos de trabajo creo que estoy a punto de lograrlo, pero entonces se corta la energía eléctrica. Enfurecido, golpeo el escritorio con el puño provocando que el café salte en todas direcciones.

Salgo del cuarto en busca de una vela, y al regresar con ella y observar las sombras de los objetos sobre el piso recuerdo una técnica usada alguna vez por Villalobos, que consiste en calcar en un papel milimétrico el perfil de una fotografía: el eje horizontal corresponde a las notas y el vertical a las duraciones de estas. Otro método: llenar un cepillo de dientes con tinta y salpicar sobre el pentagrama. Y otro más: tirar dardos a un blanco dividido en doce sectores que representen a los doce sonidos de la escala cromática. Parece que ahora sí mi imaginación está trabajando.

El día casi termina y sigo sin tener mi composición. Acerco la vela al escritorio para recoger los utensilios, la luz de la llama cae sobre el papel pautado y es entonces cuando observo con asombro: las pequeñas gotas de café se colocaron “estratégicamente” sobre las líneas del pentagrama; entono la línea así formada y descubro lo inconcebible: ¡es una buena idea musical! No importa que me falte talento si la suerte me sigue favoreciendo, tengo una buena melodía para el tema principal de mi obra y hasta he inventado un nuevo método de composición. ¡De verdad que soy un genio!

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Referencias

Pavón Sarrelangue, R. (1981). La electrónica en la música y en el arte. México: Publicaciones Cenidim.

Pékelis, V. (1973). Pequeña enciclopedia de la gran cibernética. Moscú: Editorial Mir.

Cómo colocar una canción en la radio (la mera verdad de…)

Cómo colocar una canción en la radio (la mera verdad de…)

En esta ocasión no voy a hablar mucho. Sólo voy a presentar dos opiniones contrastantes, y una pequeña crítica mía, sobre el fenómeno de la industria musical conocido como payola. Lo pongo así en letra cursiva porque ese término aún no existe en nuestros diccionarios — aunque la aplicación de esa palabra sí que está bien extendida en los países de habla hispana. De forma que acudo a la Wikipedia (en.wikipedia.org) para la siguiente definición:

Payola, en la industria de la música, es la práctica ilegal de pago u otro incentivo por las compañías discográficas para la difusión de las grabaciones en la radio comercial en el que la canción se presenta como parte normal de las transmisiones diarias.

Para ejemplificar, presento un fragmento del libro de Hank Bordowitz (2007, p. 98-99) Los sucios secretos de la industria del disco: por qué tanta música que escuchas apesta, en el que dedica varios capítulos al estudio de esta práctica.

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La acción se lleva a cabo en un departamento de programación de una estación de radio. Hank está trabajando en su escritorio, frente al monitor de su computadora. Suena el teléfono. Hank contesta.

HANK.—Programación WHNK. Habla Hank.

BETH.—Hola, habla Beth, de Promociones Premier.

HANK.—¿Qué tienes en mente?

BETH.—Oh, ya sabes, nuestros discos. Dave y los Marshes: ¿los ha pedido la gente o se ha quejado de ellos?

HANK.—Ya lo sabes. Los tengo rotando 14 veces a la semana.

BETH.—Vaya, ¿tanto así? ¿Lo reportaste a Hits?

HANK.—Por supuesto. Radio and Records lo verificará desde mi selector de transmisiones y también BDS.

BETH.—Bien, y ¿qué tal con esa banda de bebés, los Booyahs?

HANK.—No iremos a eso de nuevo. Esa mierda no va a flotar.

BETH.—Vamos. WTMI los tiene en toda la ciudad.

HANK.—Debe ser por eso que nuestra audiencia subió.

BETH.—Escucha, los Booyahs estarán de gira con Dave. Le tengo que pasar la bandera ya sea a ti o a “TMI”.

HANK.—Bueno, tú sabes que hemos apoyado a Dave desde el primer álbum. Lo hemos promocionado por esta región.

BETH.—Sí, pero esto es ahora. TMI está tocando a ambos grupos. Le están dando a los Booyahs siete veces a la semana.

HANK.—Déjame adivinar: ¿los búhos y los murciélagos lo disfrutan?

BETH.—Esta bien, es en la madrugada pero al menos están al aire.

HANK.—Vamos, Beth, estoy jugando limpio contigo. Siempre lo he hecho. Pero necesito mantener la chamba y tocando cosas como los Booyahs me patearían el trasero muy pronto.

BETH.—Bueno, para empezar ¿quién te avisó del trabajo en la WHNK?

HANK.—Si, lo sé. Te debo esa. ¿Pero los Booyahs? Hicimos la encuesta, les pusimos su disco al público de prueba y empezaron a roncar.

BETH.—Oye, estoy recibiendo mucha presión de allá arriba. El nieto del jefe toca la batería en la banda. ¿Podrías hacer la dinámica de votación?, que la audiencia decida si es un éxito o se les manda a la basura. ¿O cualquier otra cosa? (Pausa) Mira, vamos a hacer la campaña de marketing en cooperación con el promotor de conciertos, pero no podemos emitir anuncios en una estación que no esté tocando el disco, ¿me explico?

HANK.—¿Qué tanta cooperación?

BETH.—No han decidido todavía.

HANK.— (Suspira) Vamos a hacer esto: Le daré dos vueltas en la madrugada y si consigue telefonazos, con eso lo levantaré a tres y lo someteré a la votación de “éxito o basura”.

BETH.—Grandioso. Te hablo la próxima semana.

HANK.—Ah, antes de que te vayas. Esos ipods que regalamos la semana pasada. El concurso era para 10. Nos enviaste una docena. ¿Te los envío de vuelta?

BETH.—Nooo, demasiado papeleo para regresarlos al inventario. Es más fácil si te los quedas.

HANK.—Okay.

BETH.— Okay.

Hank cuelga el teléfono.

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Como contraparte, leamos ahora la opinión del locutor y programador Raúl David Vázquez, más conocido como Rulo, en una entrevista de Arturo J. Flores (2011, p. 86)

Cuando la gente habla de payola lo hace muy a la ligera. Cada disquera tiene cinco artistas prioridad a los que les mete dinero. Si oyes en Reactor a uno de esos artistas prioridad, entonces puedes decir que hay payola. ¡Pero nadie mete payola para promover a los Strokes! La lana es para los cinco artistas prioridad: Paulina Rubio, Thalía, no sé.

También, el Rulo nos dice lo siguiente:

La payola es el Yeti, todo el mundo lo ha visto, pero nadie tiene pruebas de su existencia. En las disqueras te dicen que no existe, pero ¿quién lo va a probar? Existe una payola legal o formal, las disqueras compran publicidad, se les extiende un recibo y entonces participan en la programación. Es formal, pero el público está engañado porque no le está diciendo que la canción que escucha es resultado de un intercambio de dinero.

Con su chiste sobre el Yeti, me parece que el Rulo quiere minimizar el problema —a través de ridiculizarlo —, pero además va más allá cuando habla de payola formal, porque una cosa es contratar una serie de spots para anunciar mi concierto y otra que se transmitan mis canciones en la programación normal; evidentemente para lo segundo existe un trato por el quel no se extiende ningún recibo, se da un acuerdo por debajo del agua. Pero eso es solamente mi opinión, ¿cuál es la tuya?

 

Referencias

Bordowitz, H. (2007) Dirty Little Secrets of the Record Busi­ ness: Why So Much Music You Hear Sucks. Chicago: A Cappella Books.

Flores, A. J. (2011) La payola es el Yeti. Todos la han visto, pero nadie tiene pruebas de que exista. Playboy México, Vol. 10, No. 110, 84-86.

https://en.wikipedia.org/wiki/Payola

Los Caprichos de Greg Lake

Los Caprichos de Greg Lake

Se sabe que el disco “Tarkus”, obra fundamental del grupo británico Emerson, Lake and Palmer, estuvo a punto de no existir porque Greg Lake pensaba que esa música era más apropiada para un disco solista de Emerson que para el grupo. Afortunadamente Lake cambió de parecer, pero este sólo fue uno de los desacuerdos  que surgieron en este grupo como podemos ver en el siguiente texto tomado de la autobiografía de Keith Emerson (2003, p. 189-191).

Le cedo la palabra al señor Emerson.

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Nuestro sonido era contenido, controlado; podíamos ver y escuchar a nuestro público directamente. Lo hicimos tan bien que, de regreso en nuestro camerino, sudando en abundancia, el promotor nos pidió volver al escenario para un encore.

“No tenemos nada más para tocar”, le dijo Greg, empezando a recoger su equipo.

“Pero deben hacerlo. Allá afuera están enloquecidos por ustedes.”

Me eché en una silla, y mientras escuchaba el sonido y silbidos de la feliz muchedumbre me di cuenta que no nos iban a dejar ir.

“Toquemos el Nutrocker.”, sugerí.

“Yo no voy a tocar esa basura otra vez”, gruñó Greg.

“Por favor, por favor, ustedes deben de regresar”, suplicó el promotor.

Greg continuó terco: “¡No!, Nosotros ya dimos nuestro show. Los vamos a dejar queriendo más.”

La multitud creaba ahora un sonido rítmico, sacudiendo los cimientos del pequeño camerino.

“¡Por favor!”, gimió el promotor.

“No creo que tengamos otra opción, Greg. Regresemos y toquemos el Nutrocker.”

“¡Fuck it!”, gritó Greg desafiante, agarrando su bajo eléctrico.

Cuando reaparecimos en el escenario el público se volvió loco. La introducción del Nutrocker los llevó a un frenesí de placer. Pero al voltear hacia el otro lado observé que Greg se encontraba tocando detrás del escenario, con la cabeza baja, malhumorado. La cólera empezó a brotar dentro de mí, una cólera que, si yo no estuviera tocando, podría haberme hecho escupir fuego y cocinar curry.

Al final del Nutrocker, sin siquiera decir “Buenas noches” al público, Greg arrojó su bajo y  abandonó furioso el escenario. Yo fui detrás de él. Agarrando mi botella de vino tinto del camerino, la estrellé en un radiador metálico y me acerqué a él mostrándole el extremo afilado.

“¡You fucking cunt!, ¡You fucking unprofessional cunt! No vuelvas NUNCA a hacerme eso de nuevo. “

Greg se puso blanco, sin decir una palabra. Uno de los técnicos intervino a tiempo para detenerme. Yo continuaba gritando la tonada de “¡You Fucking Bastard!” en el tono de Fa, mientras me conducían a un carro para llevarme al hotel.

A la mañana siguiente, mientras nos llevaban a todos al otro concierto, me encontraba en el auto sentado, mirando fijamente hacia afuera de la ventana.

“Yo pienso que si más adelante tenemos desacuerdos en una presentación, debemos esperar hasta que tengamos una oportunidad de relajarnos y entonces discutir el asunto tranquilamente en privado”, se escuchó la desilusionada voz de un bajista.

No dije nada. Nutrocker llegó a ser uno de los números más queridos al final de nuestros conciertos. De hecho fué Número 1 cuando se emitió como sencillo en ciertas partes de Europa en 1972.

Este incidente limpió la atmósfera, y por el resto de la gira llegamos a ser amigables. MUY amigables.

Keith Emerson, Pictures of an exhibitionist, John Blake Publishing, London, England, 2003.

El largo camino a la titulación

El largo camino a la titulación

Era perfecto. Lo trabajé con gran detalle: sus murallas, sus torres y fosos fueron bien planeados. Me place admirarlo. Pero llega una ola, y otra, y otra más y el castillo poco a poco va cediendo paso al desorden, las partículas de arena se van diluyendo con cada nuevo embate del mar. La desilusión se va apoderando de mí.

De la misma manera me siento con este Vivace del buen Juan Sebastián. No puede salir fluído, no camina, siempre hay uno, dos o tres puntos que me atoran. Me detengo, suspiro, y pienso que todo esto sigue siendo un misterio para mí, tantos años de estudiar música y de repente me asaltan las mismas dudas de cuando comencé la carrera. Apago el órgano y salgo a caminar por los pasillos.

¿Qué podrá ser?, hice el análisis estructural y armónico, puedo cantar cada voz sin problema, visualizo cada uno de mis dedos y pies tocando la nota debida en el instante correcto, he aprendido todo el trío de memoria —lo que no es necesario porque sé que en el recital todo lo leeré— pero no llega a cuajar, no sé que ocurre; hace dos semanas salía bastante mejor.

Cinco personas me he encontrado en mi camino y cuatro de ellas hacen preguntas sobre el mismo tema: mi titulación.

—¿Otra vez lo aplazaste?, ¿y ahora para cuándo?— me dice una de ellas—. No dejes de avisarme cuando ya tengas la fecha.

—¿No es éste el muchacho que se anda titulando desde hace tres años?— comenta Lupita a Violeta, la otra amiga que nos acompaña.

—Pues sí, echale ganas, apúrate con lo de la titulada. ¡Fíjate!, ¡ya hasta tienes canas!— casi me grita Roberto en la explanada de la escuela.

—Pero por lo menos tengo cabello y tú te titulaste ya sin él ¿recuerdas?— le respondo.

Bueno… en realidad esto último sólo lo pensé. Para qué le contesto, es un buen amigo, sé que lo dice sin intención de molestar. Aún así, mi mecanismo de defensa me ha hecho acumular una serie de respuestas autojustificadoras para estos momentos:

1) No creas que es tan fácil estudiar mi repertorio de órgano: tengo que estarme trasladando de la escuela a la iglesia, a la escuela de nuevo, y a la otra iglesia. Tú tienes tu instrumento siempre contigo, no es igual para mí, no puedo estudiar todo en el piano.

2) Mira güey, si me sacas de trabajar y me mantienes te aseguro que en menos de dos meses doy mi examen profesional.

3) Pues es que ya sabes: con mis tres mujeres y ocho niños que tengo que alimentar, no me queda tiempo para nada.

4) Es que en realidad he pensado llevar a cabo la titulación al mismo tiempo que mi jubilación, así con la misma fiesta celebro las dos cosas.

Hasta ahora me he movido sin título: doy clases a nivel superior en una escuela de música, cumplo con mis servicios en la iglesia desde hace más de siete años y he podido interpretar la música que me gusta con grandes satisfacciones. Tengo todo lo que esta sociedad le pide, o le exige, a un hombre de mi edad, incluyendo una posición económica estable, automóvil, y demás bienes materiales que he obtenido gracias a la música. Puedo, por lo tanto, seguir sin título.

Sé también que después del examen nada cambiará en mi rutina de trabajo, seguiré en los mismos empleos trabajando de la misma manera. ¿Vale la pena todo ésto?: forzarme a levantarme temprano, llegar a la escuela cansado después de mi trabajo en Toluca para aprovechar dos horitas de estudio, la presión constante de compañeros, amigos y familiares, restarle horas de ensayo a mi grupo de rock, volverme casi un monje y rechazar cualquier invitación al cine o a una fiesta…

Creía que estos pensamientos no iban a regresar, que eran algo superado. Por lo pronto me prometo que, más tarde, en casa, les dedicarles un tiempo de análisis. Y ahora creo que es más seguro regresar a encerrarme al salón de órgano, sin los golpes directos a mi autoestima que representan esas interrogantes.

Aquí estamos de nuevo, frente a frente, el órgano Weslovsky de 1985 en una esquina y yo en la otra. Empiezo a re-estudiar el Vivace lentamente. Ahora toco únicamente la mano derecha y los pedales… ¡Eso es!, ¡de nuevo!, creo que localicé un punto problemático, siempre que llego ahí mi cuerpo pierde el equilibrio, mis pies se atoran y no puedo seguir adelante; necesito girar mi cadera antes para que en ese punto mis pies estén cómodos y pueda continuar con el pasaje. Bien, hagámoslo como antes… Y ahora girando mi cuerpo dos compases antes, en la nota larga de pedal… ¡Bien!, ¡muy bien!, parece que funciona. Probaré así con la izquierda y pedal … Y ahora todo el trio… Las tres voces, van , fluyen, ¡Sí…!, ¡sí…! , ¡bien! Ya lo tengo, voy a revisar todo el movimiento de ésta manera.

Llega Araceli y es momento de abandonar el salón. Todavía albergaba la esperanza de que ella faltara a sus horas de estudio. Pero me voy contento, pude superar algunos problemas; además puedo aplicar esas mismas técnicas a todas las obras que estoy estudiando…, ¡casi me siento como el descubridor de un nuevo planeta!

Estoy excitado, ha de ser el placer de la búsqueda, del aprendizaje, del autoconocimiento a través de la música. Me encuentro a Gustavo y le confío mi descubrimiento, para él es algo bastante conocido, no hay gran ciencia en lo que he hecho, pero, sin embargo, nadie me quita esta emoción. Creo que recordé por qué tome la decisión de titularme.

Esto no ha terminado. No antes de dos meses más de dudas, emociones, inquietudes, fracasos y aciertos. Cuando termine, espero realmente encontrarme en la playa construyendo un pequeño castillo de arena, sin importarme que algunas decenas de olas después no quede nada de él, porque sé que lo podré reconstruir cada vez más rápido, cada vez más sólido.

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Nota:

Este texto lo escribí en febrero de 2003, dos meses antes de tener mi examen profesional de órgano. Tengo la inquietud por saber si tú te sentiste o te sientes de manera similar al preparar tu titulación dentro de la música; sería muy bueno si nos lo compartieras. Gracias de antemano.