La autobiografía de Rick Wakeman: Say yes!

La autobiografía de Rick Wakeman: Say yes!
Quien haya escuchado las anécdotas que Rick Wakeman relata entre una pieza y otra en sus conciertos, o lo haya visto con Yes en la ceremonia de inducción al Salón de la Fama del Rock and Roll donde cuenta un chiste sobre su examen de próstata, sabe muy bien que el tecladista posee, además de su talento musical, un gran sentido del humor.
Esa misma forma de narración divertida e ingeniosa es la que se puede encontrar en su autobiografía “Say yes!”. Por eso es que mientras leía este libro me imaginaba a Wakeman en un club de comedia contando chistes y anécdotas de su vida o, con un poco de más de fantasía, en una plática de sobremesa compartiendo con él unos tragos. Al leerlo, se percibe como alguien amable y cercano –muy lejos de la imagen pedante que proyectan muchas estrellas de la música.
Wakeman narra en este breve libro varios aspectos de su vida desde su niñez hasta el año de 1995 –poco antes de reformarse la alineación clásica de Yes–. Hay muchos episodios divertidos dentro de estas páginas, como aquel en el que llega ebrio a su clase de clarinete, sí, de clarinete –tenía que estudiarlo como segundo instrumento–. Y aunque algún episodio no sea en sí mismo muy divertido, Wakeman sabe cómo acomodar las palabras y oraciones para poder sacarle una sonrisa al lector.
Siendo yo músico, me interesan sobremanera los aspectos de su formación, y encuentro en él nuevamente la importancia del ambiente familiar: mientras no tuvieron televisión en casa, las tardes de domingo reunían a su padre, su madre, un tío y algunos primos para tocar y cantar música. Muy joven, a los seis años de edad, fue que lo llevaron a su primera clase de piano con la maestra Dorothy Shymes quien “durante los siguientes quince años se convirtió en la persona más importante en mi vida, después de mis padres” (p. 3).
También me pareció interesante cómo es que se fue desencantando del conservatorio hasta el punto de abandonarlo, enfrascarse en múltiples sesiones de grabación y dedicarse a cumplir su deseo de ser un músico de rock. Pero ya no contaré nada más, no quitaré el placer de descubrirlo por sí mismo a quien tenga la oportunidad de encontrarse con este libro y sumergirse en él.
«Say Yes!: an autobiography», Rick Wakeman. Hodder & Stoughton, 1995.

Los Críticos del Rock Progresivo

Los Críticos del Rock Progresivo

Artículo publicado originalmente en octubre de 2011 en la página de http://www.facebook.com/GoveaProgressiveJazz

Ningún otro género de la música popular ha sido tan satanizado como el rock progresivo. Gran parte de la prensa musical, e incluso algunos musicólogos, lo han acusado de ser pretencioso, apolítico, elitista, y demás adjetivos peyorativos. Un análisis de esta actitud de los críticos de rock hacia esta música podría llenar un grueso tomo.

Hace algunos meses escuché una conferencia sobre historia del rock impartida por un conocido crítico mexicano de dicho género. De entre varios comentarios que hizo, evidenciando su desagrado hacia el rock progresivo, tomaré solo uno para analizarlo en detalle. Dicho comentario es el siguiente: “Los músicos de rock progresivo eran personas que aspiraban a ser músicos clásicos”. Aclaremos que cuando este crítico habla de un músico clásico se refiere a un músico de conservatorio.

Ante esa afirmación, lo primero que podríamos contestar es: si algún músico de rock quiere volverse clásico, ¿cuál es el problema?, ¿acaso no tiene la libertad de hacer musicalmente lo que se le antoje? No obstante, esta supuesta aspiración a ser clásico es una actitud que este crítico hace ver como despreciable; su visión es que la música clásica (o académica) es completamente opuesta y ajena a la música rock, que es considerada como música de extracción popular. Insinúa además que un músico que olvida sus raíces populares en busca de una música que, supuestamente, se identifica con las clases altas, traiciona la esencia de lo que es el rock.

Esta es la idea de la “acreditación cultural”, según la cual las obras de rock progresivo “podrían elevar el estatus de sus compositores e intérpretes – y por implicación, de la música pop en general – a un nivel comparable con el de la música clásica europea del pasado, y de este modo llevarlos a la aceptación dentro de los círculos del establishment musical”.(1) Para estos críticos, la creatividad y el eclecticismo del rock progresivo es solo una búsqueda de estatus, un intento por agradar a la gente que aprecia y cultiva la «música de arte». Hay varios problemas con esta idea.

Primeramente: si alguien quisiera elevar su estatus dentro del círculo de la música de concierto –cuyo público, por lo general, es completamente ajeno a muchas músicas de corte popular– lo menos adecuado sería formar un grupo de rock. En segundo lugar, esta idea ignora completamente la historia real de muchos músicos de rock progresivo. Keith Emerson, tecladista y compositor de Emerson, Lake and Palmer, tuvo una breve formación clásica con varias profesoras de piano, para tiempo después  acercarse al jazz, al blues y al rock. Rick Wakeman, tecladista de Yes, terminó la licenciatura en piano clásico y se convirtió en músico de estudio, llegando a aportar sus teclados en dos discos de David Bowie. El tecladista de Gentle Giant, Kerry Minnear, presenta un caso similar, termina su licenciatura en composición y se adentra tiempo después en el rock. Chris Squire, bajista de Yes, formó parte, siendo niño, de uno de los mejores conjuntos corales de Inglaterra, y, al igual de todos los mencionados anteriormente, escogió el rock como el mejor medio para expresarse musicalmente. Si es despreciable dejar el rock para irse a lo clásico, según esta teoría, sería admirable moverse de lo clásico al rock.

Nuestro amigo crítico declara después que “lo malo” de Rick Wakeman era que “se había quedado a mitad del camino entre ser un músico de rock y un músico clásico”. Esto es una falsa dicotomía: según él eres músico clásico o eres músico de rock, no tienes mas que dos opciones, cualquier fusión de elementos de las dos músicas es inaceptable.

Del análisis del discurso de este y otros críticos, puede deducirse que su molestia viene de la convergencia de la –para ellos– música de las altas clases sociales (clásica) con la música de la –también, según ellos– clase trabajadora (rock) en un género como el rock progresivo. Dicha molestia se basa en falsos supuestos, ya que los conocimientos de música clásica de gran parte de la clase dirigente, o poderosa económicamente, son mínimos; y por el contrario, la gente de la clase trabajadora puede disfrutar enormemente un concierto de un cuarteto de cuerdas o de una orquesta sinfónica.

[1] Hatch and Millward From Blues to Rock, An analytical History of Pop Music, 1987, p.148, Manchester University Press .